Advertencia: en este texto, cuando hablo de los países, por ejemplo «España», «Venezuela», «Argentina», me refiero a esos nombres queridos en un sentido más bien deportivo y hasta publicitario. Como si fueran selecciones de fútbol o marcas registradas en el mercado global de las identidades. No implica, ni por asomo, ningún juicio contra sus respectivos gentilicios, paisajes, culturas, etc.

Mi problema con Granta

            El primero y más evidente, pensaría cualquier malpensado, es que yo no haya sido escogido. Me refiero a la selección de los mejores narradores que hizo la revista Granta en su versión en español en el año 2010, cuando, por razones de edad, todavía podía participar. La de 2020 fue una convocatoria para autores nacidos a partir de 1985 (yo soy del 81). Sin embargo, en esa ocasión no llegué a postularme. Y no porque no quise. Yo le había encargado a la gente de Mondadori en Venezuela (unos tipos tan eficientes que quebraron esa sucursal en uno de los momentos más boyantes de nuestra economía) que enviaran unos ejemplares de Los invencibles, el libro que ellos me habían publicado y que era el más reciente. Poco después de anunciada la lista me enteré de que no los enviaron. O la gente de Granta nunca los recibió. O se perdieron en el camino. No lo sé. Lo cierto es que ese envío fallido me permitió consolarme con la fantasía de que no me escogieron porque no me llegaron a leer. Lo que sí es muy probable es que de haberme leído y no haberme contado entre los elegidos hubiera resentido ese rechazo. Se trata de la revista Granta, ni más ni menos. O puede ser que no me hubiera molestado tanto, en vista de que por fortuna eso no me ha impedido escribir, publicar y contar con unos pocos pero fieles lectores.

            Mi problema es con esta segunda lista, anunciada el 7 de abril de 2021. Debo aclarar que mi molestia no toca a los escritores seleccionados. A muchos de ellos los he leído y son autores que respeto. Y sobre los autores que desconozco, asumo que reúnen méritos. Y si se demostrara que no los reúnen, no es culpa de ellos haber sido incluidos. Mi problema es con la persistencia de unos criterios de selección que, a juzgar por los resultados, reiteradamente privilegian a los autores españoles sobre el resto de sus colegas latinoamericanos. Y dentro de Latinoamérica, a los países cuyas tradiciones literarias tienen más «abolengo».

            Veamos algunos números.

            En 2010 fueron 22 los escritores seleccionados. El país con más autores fue Argentina con 8. Luego vino España con 6. Cifra que tiene un margen de error por el conocido «factor Neuman». Andrés Neuman figuraba como argentino, pero sabemos que también hubiera podido ponerse la camiseta de la selección española. Y en ambas selecciones hubiera sido un número diez. El resto es, propiamente hablando, América Latina (o una pequeña parte de ella): Perú (2), Chile (2), Uruguay (1), Bolivia (1), México (1) y Colombia (1).

            En la lista de 2020, la cantidad de autores incluidos aumentó a 25. De los ocho países que conformaron la lista de 2010, siete repitieron. Todos excepto Bolivia. Para esta ocasión, la cantidad de países de América Latina representados en la muestra aumentó de siete a diez. Estos son los nuevos: Costa Rica, Cuba, Ecuador y Nicaragua. Y habría que agregar en un aparte a Guinea Ecuatorial, de donde procede el escritor Estanislao Medina Huesca, quien escribe en español.

            Tanto en la convocatoria de 2010 como en la de 2020, la narrativa de los siguientes países ha sido sistemáticamente ignorada por la revista Granta: El Salvador, Guatemala, Honduras, Panamá, Paraguay, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela.

            Aquí podemos adelantar una pregunta: ¿Cómo puede afirmar la revista Granta que sus respectivas selecciones de autores representan a «los mejores narradores en español» si en sus dos convocatorias han descartado la mayor parte de América Latina? En 2010, solo un 40 % de los países de América Latina estaba reflejado. En 2020, esa proporción parece más justa, hasta alcanzar un 50 %. Pero, ¿esto se traduce efectivamente en una muestra más amplia?

            Lo primero que llama la atención al comparar ambas listas es que España mantiene su cuota de seis escritores. Como si, de una forma u otra, esa preeminencia tuviera que ser resguardada a toda costa. Si se trata de celebrar la narrativa escrita en español, ¿no es lógico que sean los autores españoles los que tengan mayor presencia? Es un derecho natural, pues. La ampliación de los 22 a los 25 escritores pareciera cumplir esta función de remozamiento: garantizar que España siga teniendo su posición hegemónica mientras al mismo tiempo se construye una ilusión de pluralidad. Una posición que, más bien, se ha robustecido. El exceso cometido con los argentinos en 2010 sirvió en esta ocasión para redistribuir el peso. Esta vez les han quitado 5 autores, lo que ha permitido fortalecer la presencia de otros países. Ahora México cuenta con 4 autores y es el segundo después de España. Y, además, han repartido algunas migajas a esos nuevos países que se incorporan a la lista con al menos un escritor incluido. Lo cierto es que en esta baraja bursátil de Granta, España aparece como una empresa sólida, sin crecimientos falsos ni descalabros imprevistos, mientras que América Latina y sus países sigue siendo la tómbola inestable de siempre.

            Con reducir apenas un 3,27 % de su participación (en 2010 sus autores representaron el 27,27 % de la muestra, mientras que en 2020 son el 24 %), la dupla España-Granta ha mejorado su rentabilidad simbólico-inclusiva (es de notar que esta vez es menor la disparidad entre hombres y mujeres seleccionados). La representación de América Latina (como si fuera un solo país) baja apenas unos decimales, de 72,73 % en 2010 a 72 % en 2020. Mientras que África, con Guinea Ecuatorial, obtiene un 4 %. Como en el cuento de Borges, cambian unos cuantos nombres propios y uno que otro detalle circunstancial, pero los hechos siguen siendo casi los mismos.

            Alguien podría argumentar que las cifras que aquí expongo son la refutación de mis argumentos. El ejemplo palpable de un compromiso gradual de apertura y crecimiento. En la selección de 2030, si una nueva pandemia no acaba con el mundo, seguramente la casi totalidad de América Latina estará representada. Quizás se amplíe la muestra a 30 escritores. Quién quita que premien a Perú o a Chile con 3 escaños. España, por supuesto, se mantendrá en sus seis y todos contentos. ¿Qué cuesta esperar diez años más?

            Mientras los jóvenes escritores de El Salvador, Guatemala, Honduras, Panamá, Paraguay, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela esperan como el personaje de Kafka a que las puertas de Granta se abran, uno puede aprovechar el tiempo y revisar la lista de 2010. Ver cuántos de esos autores españoles y argentinos que, por privilegio heredado de sus tradiciones literarias, coparon el 63 % de la muestra y comprobar si se sostienen hoy en día.

            Pues, ya lo hice y como diría Javier Marías: no he querido saber, pero he sabido.

            Llegados a este punto, uno pudiera sincerarse y preguntar: ¿y a cuenta de qué tienen que estar representados todos los países? Granta es una revista literaria de mucho prestigio y el prestigio, como bien lo sabía mi amado y vilipendiado Harold Bloom, es excluyente. La Granta no es la ONU. Las bases de la convocatoria se dirigen a autores «de cualquier nacionalidad pero que escriban en español». Con lo que, estadísticamente, pudiera suceder que en un futuro, digamos la Granta del año 2060, estuviera conformada por 40 autores de origen polaco o de las islas Fiji que por alguna razón terminaron escribiendo en español. Sin embargo, la fórmula problemática es la acostumbrada en estos dilemas: «los mejores». La revista siempre podrá argumentar que son los «mejores» dentro de los participantes que se presentaron. La convocatoria establece que los candidatos deben postularse, o ser postulados, a través de la página web de la revista. Aunque puertas adentro se sabe que la búsqueda también es activa y existen scouts revisando listas de nombres y posibles candidatos.

            De igual forma, es de suponer que los miembros del jurado se limitan a evaluar lo que les llega. Y ni siquiera todo sino una porción depurada previamente. No tienen el tiempo ni la capacidad ni la disposición de ejercer de investigadores de nuevos talentos. No lo tienen pero, puestos a una tarea tan importante como esta, deberían. De lo contrario, iniciativas como la de la revista Granta corren el riesgo de convertirse en algo menos filantrópico y más comercial, como por ejemplo sucede con los premios literarios (y esto lo digo con la experiencia de haber sido participante, juez, ganador y perdedor de distintos concursos).

            Cuando uno ve el perfil de los jurados de esta convocatoria de Granta, comprueba que la mayoría proviene de América. Pero esa denominación de origen pierde fuelle cuando observamos que casi todos viven en los Estados Unidos o en Europa desde hace muchos años. Y este dato merece su atención. No solo por el adocenamiento propio de la vida de los escritores a medida que logran establecerse y dedicarse cada vez más a lo suyo, sino por la distancia geográfica. Yo mismo tengo apenas dos años viviendo en España, luego de pasar tres en Francia, y no estoy seguro de que esté en capacidad de dar cuenta de manera fidedigna de todo lo valioso que suceda literariamente hablando en la Venezuela de hoy. Si algo he aprendido en mi condición de inmigrante, y en los viajes que por motivos de trabajo he hecho, es que para descubrir a ciertos autores y ciertas obras es necesario ir hacia los lugares donde esos autores nacieron y donde esas obras fueron escritas y publicadas. La globalización y la digitalización aumentan el campo que podemos abarcar con nuestra mirada, pero en la misma medida (y tal vez en mayor medida), aumentan el alcance de lo que ignoramos.

            Si mi interpretación de motivos es errada, y seguramente lo es, y asumiendo la buena fe de la labor emprendida por la revista Granta, cuyo objetivo es «abrir un espacio para la conversación transatlántica entre Latinoamérica y España», según palabras de su directora, Valerie Miles, sería recomendable entonces revisar los mecanismos, las fuentes de información y los criterios. Pues los resultados de 2020, en comparación con los de 2010, que tampoco fueron demasiado auspiciosos, muestran desde una perspectiva panorámica signos de repetición, inercia y estancamiento. Y esto a pesar de su aparente diversidad. 

            Quizás esto sea algo positivo de esta lista que aspira a fijar un canon en una época donde no solo persiste sino que se incentiva la incertidumbre. Selecciones como las de la revista Granta nos permiten, por supuesto, conocer a autores valiosos que con los años, en el mejor de los casos, no romperán la promesa temprana que nos dieron. Pero, sobre todo, nos recuerdan las dimensiones inmensas de lo que desconocemos. Y para explorar el territorio de lo desconocido, como bien lo sabía Rimbaud, no necesitamos convocatorias ni medallas ni premios. Solo basta con ser libres, curiosos y auténticos.