«Por no dejar, aquella primera vez me puse a hojear el periódico y de inmediato tuve la disposición lúdica de quien hace un gesto antiguo»

De unas semanas para acá he adquirido un hábito bastante peculiar: leo periódicos. Así de extraño y anacrónico como suena: cada sábado y domingo voy al kiosco que está al lado de mi edificio y compro el periódico en papel y lo leo. Desde hace nueve semanas y media, aproximadamente. La cifra es de un erotismo elocuente, pues me volví a apasionar por esta práctica desusada gracias a un encartado coleccionable del Diario Sur que se llama Historias de Málaga que empezó a salir hace nueve semanas y un día.

Al principio, el periódico era el excesivo envoltorio del encartado, lo único que en realidad me interesaba. Como cuando uno va al mercado y compra pescado y al llegar a la casa sacas el pescado y botas el papel periódico (la verdad, las veces que he comprado pescado nunca me lo han envuelto en papel periódico. Creo que eso solo lo he visto en la televisión). Por no dejar, aquella primera vez me puse a hojear el periódico y de inmediato tuve la disposición lúdica de quien hace un gesto antiguo. Como salir a pasear con bastón o usar un reloj de leontina. Pasaba las páginas, sobrevolando las noticias y los reportajes, fascinado por lo insólito del mecanismo: las noticias estaban fijas al papel, en un orden sucesivo llamado paginación, que me invitaba no a leerlas sino solo a verlas. Aquello era un mapa.

Las segunda y la tercera semana, después de leer los respectivos fascículos de Historias de Málaga, agarraba el periódico, volvía a repasarlo pero esta vez con una mayor seguridad. Mi mirada no era ya ese avión que sombreaba un territorio lejano sino algo más parecido a un dron, menos águila y más abeja, que va dando tumbos de un lado a otro. Y entonces me detenía en una noticia, un artículo o una reseña, leía y seguía de largo con la sensación de cargar algo en mi estómago o en mis muelas. Una especie de bolo alimenticio que después depositaría en otro lugar (un delicado e inconsciente imperativo de mi condición de insecto que los entomólogos tienen muy bien estudiado y explicado).

Poco a poco, fui alternando las lecturas y llegaron ocasiones en que el «envoltorio» me llamaba más la atención que el encartado. Este podía transformarse en el anzuelo y me revelaba que el pescado era yo. Por supuesto, estoy seguro de que todas estas reacciones están previstas por los genios de mercadeo del Diario Sur. Solo quiero dar mi pequeño testimonio de que ha funcionado.

Esto de volver a ser un lector de periódicos me ha hecho regresar a mi adolescencia, cuando yo mismo, imitando a mi familia, empecé a leer la prensa. Mi madre solía comprar El Nacional durante la semana y los fines de semana creo que compraba hasta tres periódicos más. Tengo el recuerdo de montañas de periódicos en nuestro apartamento en La Pastora en Caracas. La experiencia, no obstante, no ha sido solo nostálgica. Esto de convertirme en un lector de periódicos en Málaga tiene su complemento circunstancial de lugar: la gratificación de leer la prensa de la provincia en la que vivo. En un mundo globalizado, desde mi cuarto propio conectado, las noticias más cercanas a mí vienen de distintas partes del planeta: Wuhan, Moscú, Caracas, Los Ángeles. Al leer el periódico de mi región, en cambio, me encuentro con noticias que solo interesan a quienes vivimos en Málaga. Artículos y textos diversos que dan cuenta de la vida de personas concretas, algunas de las cuales conozco o con las que me he tropezado en la calle. Al trazar un círculo en torno a lo propio, dejando afuera por unos instantes al resto del mundo, uno deviene el centro del mundo.

Es una sensación pasajera. Ilusoria. Desechable. Y renovable. Ahora, bajo cada sábado al kiosco y compro el periódico con una emoción juvenil y provinciana. Como un astronauta que al volver del ciberespacio de los días hábiles necesita tocar tierra y saber qué ha pasado en el mundo.