«¿Qué hay detrás de la ventana?». Con este acertijo Roberto Bolaño puso punto final a su obra maestra Los detectives salvajes (1998). Parece una pregunta sencilla pero, hasta ahora, nadie ha sabido responderla. No obstante, si la enfocamos desde la perspectiva del mundo 2.0 pospandémico, la respuesta es muy simple: nada. Detrás de la ventana de nuestra habitación, no hay nada. Ahora bien, si recordamos que, como lo señala Remedios Zafra, «en el cuarto propio conectado la ventana por excelencia es la pantalla», entonces habría que decir: todo. Detrás de la ventana, de esa ventana, está todo. Está el mundo tal y como hoy lo conocemos.

Estas ideas me vinieron a la mente al hilo del más reciente episodio del drama tributario español protagonizado por el youtuber El Rubius y sus detractores. Esta vez fue el propio Rubius quien al fin tomó la palabra y emitió un comunicado oficial que merece la pena leerlo. No solo está muy bien escrito sino que, además, sus argumentos me parecen irrefutables. De ese comunicado quiero destacar un par de cosas que son índices de transformaciones profundas en nuestra sociedad.

Lo primero es lo relacionado con su cambio de residencia. El Rubius afirma que si hubiera sido exclusivamente un asunto de dinero y de impuestos, hacía muchos años que se habría mudado a Andorra. El youtuber, quien tiene más de diez años ejerciendo exitosamente su oficio, es decir, ganando y pagando en impuestos una millonada, también aduce razones personales: confiesa que nunca le ha gustado mucho Madrid (no hay que olvidar que nació en Málaga y también es noruego por el lado de su madre), que extraña a sus amigos (pues son ya muchos los gamers y youtubers que han fijado residencia en Andorra) y que la fama se ha convertido en una experiencia angustiante. Lo que ha terminado por reforzar su modo de vida de monje internauta.

Así lo expresa El Rubius en su comunicado:

Os lo he contado varias veces: soy una persona que apenas sale de casa y que vive con las persianas bajadas todo el día, por miedo a que alguien me reconozca. Y no digo esto para intentar dar pena ni nada por el estilo, me he acostumbrado a vivir feliz en el aislamiento de mi habitación. Pero ya van cinco mudanzas en lo que llevo siendo “youtuber” y nunca puedo descansar tranquilo pensando que hay alguien ahí fuera esperándome u observándome. Hay cosas tan simples como bajar a comprar el pan o salir a dar un mero paseo que, lo creáis o no, me cuesta hacer si no es con la ayuda de alguien cercano a mi.

Lo segundo tiene que ver con el asedio de los medios de prensa tradicionales, tanto privados como del estado, que se han sumado al linchamiento mediático del youtuber. El Rubius ve allí, y con razón, una envidia producto de los prejuicios contra el empuje de los nuevos oficios surgidos gracias a Internet:

He visto mucho rencor acumulado en contra de estas nuevas profesiones nacidas de internet. He visto a mucha gente deseando tener la oportunidad de declararme el Enemigo Público Número 1 de este país y de poder asociar, a toda costa, mi imagen a la de un criminal cualquiera. Porque, en el fondo, a la mayoría de medios de comunicación tradicionales, lo que les carcome es que un tío desde su habitación tenga mas repercusión que cualquiera de sus emisiones para las que necesitan tener a 30-40 personas trabajando y utilizar unos sets de rodaje en los que han invertido cientos de miles de euros. Les carcome que año tras año, poquito a poquito, la inversión publicitaria se vaya desplazando de las televisiones convencionales hacia internet. Y llevan así años, muchos sabréis que no es la primera vez que hablo de este tema. Pero ya empieza a oler.

Los años que El Rubius lleva en su oficio coinciden con la publicación de un libro que supo identificar de forma precoz la transformación del mercado laboral gracias a Internet. Me refiero al ya citado ensayo Un cuarto propio conectado. (Ciber)espacio y (auto)gestión del yo, que Remedios Zafra publicó en formato electrónico en 2010, donde la autora retoma la conocida imagen de Virginia Woolf de «el cuarto propio» y la actualiza en los términos 2.0. La habitación de Woolf deja de ser únicamente una metáfora de las necesidades y precariedades del trabajo de las escritoras y se convierte en un símbolo de las necesidades y precariedades del trabajo en general en las primeras décadas del siglo XXI.

La existencia de una figura pública como El Rubius, cuya decisión personal de mudarse a Andorra terminó siendo un asunto de estado (el viceministro Pablo Iglesias retuiteó los ataques al youtuber pronunciados por el exbasquetbolista Juanma Iturriaga), es el eslabón más reciente y mediático de una tensión que ya Zafra analizaba en su libro. Y que en el caso español, donde no se puede decir que el estado fomente demasiado el emprendimiento personal, se vuelve aún más problemático.

El libro de Zafra tiene el cuidado de no ser un canto acrítico a la tecnología. De hecho, plantea de manera temprana algunos resquemores que el tiempo ha confirmado. Por ejemplo, el modo en que la reproducción y la alteración de la imagen propia en la vida digital ha contribuido no a la diversificación de los patrones de belleza sino al reforzamiento de los estereotipos centralizados. Una reflexión que se anticipa en mucho a la explosión de los «filtros» que hoy uniformizan con unos cuantos retoques ilusorios la multiplicidad de los rostros.

En cuanto a la reflexión de Zafra sobre la fragmentación del cuerpo, esta se enfoca, en líneas generales, en la pérdida del aura por las nuevas herramientas de reproducción de la propia imagen. Lo cual es posible gracias a la previa transformación del cuarto propio, antiguo bastión de la más cerrada intimidad, en un cuarto propio conectado. Es decir, en un laboratorio donde los frágiles individuos contemporáneos se reinventan y se muestran no tal y como son sino tal y como quieren ser vistos.

Zafra no llega a plantearse el problema político que significa para los estados nacionales el control de un cuerpo que es cada vez más un hardware y menos un individualidad concreta, un software. Quizás porque, para el momento de su publicación, Zafra no ve suficientes elementos que inclinen la balanza de manera irremediable hacia una mayor desmaterialización del mundo. La deriva hacia el hogar conectado, dice Zafra, «no parece una tendencia a la que el capitalismo vaya a sucumbir fácilmente. No al menos hasta que la movilidad (garante de gasto), los escaparates físicos y las cadenas de intermediarios propias del capitalismo pierdan fuelle en beneficio de la compra-venta online a los productores».

Un escenario que solo podía ser trastocado por una fuerza mayor, diríamos. Y esa fuerza mayor llegó en 2020 con la pandemia del Covid-19. Y es en este contexto donde la pregunta por la desmaterialización del cuerpo en la economía online revela las resistencias de los estados y las economías tradicionales. El caso de El Rubius lo refleja de manera muy diáfana. Un youtuber que trabaja desde su cuarto propio conectado, con 50 millones de suscriptores de todo el mundo y que debe dejar casi la mitad de sus ingresos por la circunstancia azarosa de que su cuerpo está en un país y no en otro. Es, en realidad, un impuesto al cuerpo. Lo último y prácticamente lo único que todavía pueden controlar esas entidades bastante recientes llamadas «estados nacionales». Mezcla de hogar y de cárcel a través de cuyas ventanas virtuales sus habitantes sueñan el gran sueño de todos los reclusos: la evasión.