«Le mythe de Sisyphe». Filtran.

            Hace unos días escribí un post sobre el caso de «El Rubius» y la polémica que desató en España la decisión de este famoso youtuber de mudarse a Andorra para pagar menos impuestos. La reflexión me llevó a mencionar de forma somera a los únicos dos escritores que yo conocía que se habían desempeñado como recaudadores de impuestos: Miguel de Cervantes, que fue recaudador de granos y animales bajo el reinado de Felipe II, y el narrador norteamericano Rick Yancey, que trabajó doce años para el IRS (Internal Revenue Service). Experiencia que volcó en unas hilarantes memorias tituladas Confessions of a Tax Collector (2014).

            Justo después de publicar el post, encontré un caso más, el del narrador Adrián Grant (Madrid, 1988) que vive y trabaja en Luxemburgo como asesor fiscal y que en 2020 publicó Nada ilegal, nada inmoral, su primera novela. En ella, Grant construye una sólida y sobria trama sobre el mundo de los paraísos fiscales.

            El argumento de la novela es sencillo, pero primero convendría decir unas palabras sobre el lugar donde, en su mayor parte, transcurren las acciones: Luxemburgo. Se trata de un pequeño país europeo, sin salida al mar y fronterizo con Francia, Alemania y Bélgica. Su nombre oficial es Gran Ducado de Luxemburgo y es el único estado en el mundo regido hoy bajo esa figura, la del Gran Duque. Su forma de gobierno es la monarquía constitucional parlamentaria, su territorio es de apenas 2586 km2 y su población es de unas seiscientas mil personas. A pesar de estas dimensiones bastante discretas, Luxemburgo es «el lugar especializado en finanzas de inversión» más importante del mundo, solo superado por los Estados Unidos. Es un país donde no solo la base impositiva es muy beneficiosa para las multinacionales sino que es allí donde hacen vida miles de firmas que proveen servicios de asesoría financiera a las grandes empresas para aligerar o reducir al mínimo sus impuestos. Este perfil le otorga a Luxemburgo algunas condiciones que parecen idílicas. Una renta per cápita de unos 100.000 euros anuales y, también, un sistema de transporte (autobuses, trenes y metro) totalmente gratuito.

            Este conjunto de circunstancias lo convierten en una instancia de paso obligado del capital mundial. Lo cual hace de este pequeño estado una síntesis de la pujanza y las contradicciones de la Unión Europea. De hecho, en una de sus ciudades, Schengen, se firmó en 1985 el acuerdo que diez años después dio pie a la creación del Espacio Schengen, gracias al cual los ciudadanos residentes de 22 países europeos pueden circular por un vasto territorio sin fronteras.

            Vamos entonces con el argumento de la novela: de una de las más importantes firmas asesoras de Luxemburgo se han filtrado a la prensa unos documentos comprometedores donde se revelan los acuerdos con grandes multinacionales para la creación y el aprovechamiento de elaboradas estructuras financieras cuyo objetivo es evadir el pago de impuestos. Hecho que en realidad sucedió y se conoce como «Los papeles de Luxemburgo», que se hicieron públicos en 2014. Una de varias «filtraciones» que han confirmado la existencia y el funcionamiento de los llamados paraísos fiscales donde se cometen tanto delitos financieros como prácticas limítrofes con la legalidad. La más escandalosa de ellas, la de los «papeles de Panamá».

            A partir de este hecho, el cual se evoca con cierta libertad, la novela de Grant sondea sus efectos en la rutina de los empleados de la firma, desde los informáticos y los asesores, por un lado, hasta los jefes principales, por el otro. La jerarquía laboral se refleja en la estructura narrativa, pues la trama avanza de forma paralela en dos series de capítulos. Los que marcan el paso del tiempo, pues la acción transcurre durante un fin de semana, dedicados a los empleados menores y que se subtitulan «Viernes», «Sábado», «Domingo» y «Lunes». Y tres capítulos titulados con los nombres de los jefes de la firma, «Marie Coussin», «Didier Dubois» y «Harm Hillen». Los primeros muestran el estilo de vida que caracteriza los negocios en Luxemburgo: el trabajar allí y dormir en cualquiera de las ciudades al otro lado de las fronteras, el flujo constante de múltiples nacionalidades que coinciden pero no parecen mezclarse, la vida de excesos, altamente competitiva, libre de preocupaciones económicas. Los segundos funcionan en realidad como monólogos donde Marie, Didier y Harm se remontan a las causas personales y sociales que explican su accionar y las leyes de la selva capitalista.   

            Esta estructura doble, de escenas concurridas y diálogos muy bien tramados, junto a los monólogos, me hace pensar que esta novela bien pudiera adaptarse para el teatro. Pues toda ella funciona como la escenificación de un drama moral. En sintonía con el escenario escogido, el diminuto Luxemburgo, los personajes caminan sobre el filo de la navaja de las letras pequeñas de la ley. En principio, lo revelado por la filtración de los documentos no señala ninguna ilegalidad, y sin embargo. Ese margen de duda es el único que necesita el capital para circular y renovarse. Y es también el fondo de incertidumbre que asecha en silencio a los personajes.

            Uno de ellos es el que concentra la mayor carga del dilema moral. Se trata de Henri Digiacomo, el informático a quien la firma ha encargado averiguar quién fue el que filtró los documentos. Desde el punto de vista técnico, obtener ese nombre es una cosa sencilla. No obstante, desde el punto de vista moral, no. Al menos para Henri, que «provenía de una familia de obreros comunistas triturados, generación tras generación, por los patrones, los fascistas y la globalización». Carlo, el padre de Henri, se lo reclama: «eres un desclasado». Y luego insiste: «gentuza como tus jefes explotan a pobres diablos como tú para esconder el dinero y metérselo en el bolsillo».

            Anclado todavía en un pasado sindicalista y obrero ya desvanecido, Carlo logrará al menos sembrar la duda en la mente de su hijo:

            «veía a su padre, dando sorbos al café espeso por el sirope y disfrutando con felicidad infantil de su desayuno, y no podía dejar de pensar en lo diferentes que habían resultado sus vidas y lo mucho que él le debía a los esfuerzos del viejo. No era capaz de establecer una conexión directa entre el trabajo que tenía asignado y la historia de su padre, pero tenía la sensación de que había algo que fallaba».

            Esa falla de transmisión entre una generación y otra puede interpretarse de distintas maneras, pero me parece que es un vacío que Henri llena con la culpa. Obcecado por el trauma familiar, quizás siente que, en efecto, con su trabajo se ha puesto del lado de sus enemigos históricos. Sin embargo, esa lectura dejaría de lado la propia historia de Carlo, quien ha su vez tuvo un destino mucho más acomodado que su propio padre, el abuelo de Henri, «un partisano que murió fusilado en el cuarenta y cuatro».

            Tal vez la falla que Henri no puede precisar es la culpa que siente cualquier millenial europeo con respecto a sus padres: la de haber tenido una vida más sencilla. Una vida con más oportunidades y, esta creo que es la palabra clave, con menos esfuerzos. ¿Y no es la plusvalía la negación misma del esfuerzo?

            Este pasaje de la novela de Grant es interesante no solo para leer las relaciones entre la generación a la que pertenece el padre de Henri y la suya propia. Sino también entre alguien como Henri y sus contemporáneos más jóvenes. Por ejemplo, esos nuevos millonarios cuya ocupación y rendimientos no son comparables con algún oficio anterior a la era 2.0: los youtubers. Son ellos, los youtubers, quienes se erigen como las estrellas de una nueva época. Son los más jóvenes, los más populares, los únicos que se han vuelto ricos en una España posterior a la crisis económica de 2008. Y lo han logrado haciendo lo mismo que hacían en la adolescencia, cuando sus padres les golpeaban las puertas de sus habitaciones para que se pusieran a estudiar porque de lo contrario no llegarían a ninguna parte y terminarían convertidos en unos vagos: jugar videojuegos.

            Estos gamers, youtubers e influencers han llevado el principio de la economía del esfuerzo a su máxima expresión. Prácticamente, hacen sus fortunas e «influyen» en el complejo mundo de hoy sin salir de sus casas. Solo parecen necesitar una buena conexión a internet. La idea de esfuerzo se ha vuelto aún más imprecisa desde la época del baby boom, que vio nacer a quien encarnaría el arquetipo del rock star: Mick Jagger. En su biografía sobre el líder de los Rolling Stones, Philip Norman cita las declaraciones de Jagger a resultas del juicio por posesión de drogas que estuvo a punto a enviarlo por mucho tiempo a la cárcel. El proceso judicial estuvo viciado por un deseo evidente del juez de la causa, apoyado por la opinión pública del momento, de castigar en Mick Jagger a la juventud emergente. Interrogado por algunos periodistas que cuestionaban su estilo de vida, Jagger contemporizó con ellos haciendo una lectura que sigue siendo válida para hoy: «Nuestros padres vivieron dos guerras mundiales y una depresión. Nosotros no conocemos nada de eso […] Estoy seguro de que ustedes hacen todo lo posible […] quizá, para su generación».

            El juicio ocurrió en 1967. Como lo señala Norman, a partir del año siguiente Jagger concentraría su atención en hacer que los Stones pasaran de ser una importante banda de rock a una industria cultural en sí misma que, sesenta años después, todavía atrae multitudes. Para ello fue necesario que Jagger madurara un instinto para los negocios que también marcó época dentro del mundo de la música. Lo cual incluyó fijar residencia en el sur de Francia, durante los años setenta, para evadir impuestos. Un concepto diabólico de libertad, ciertamente, que se remonta a su adolescencia. En ese entonces Mick Jagger, el futuro vagabundo, se reunía con sus amigos y tomaban «prestadas las viejas radios de válvulas de sus padres [para] sintonizar Radio Luxemburgo, pequeño oasis de tolerancia adolescente en lo más profundo de la Europa continental cuyos programa nocturnos en inglés consistían principalmente en discos de música pop».