Debo hacer una confesión que estoy seguro va a implicar mi ostracismo en España, hermoso país de acogida. Al menos entre la clase a la que pertenezco: la de los escritores y lectores. «La gente del libro», como se suele decir. Y, en especial, me va a costar la amistad de un escritor y amigo al que quiero y respeto mucho: Jorge Carrión. Pero no puedo seguir así. Debo salir del clóset y decirlo en voz alta: me gusta Amazon. Me encanta comprar en Amazon. Libros, pienso para perros, mancuernas, interiores, calendarios, champú, ebooks, bolsas de basura de cinco litros, pegaloca, linternas para leer de noche y un infinito etcétera.  

            Ya. Lo dije.

            Quizás es porque vengo de Venezuela, donde el dinero no vale nada y donde la gente no puede hacer lo que quiera con lo poco que gana. Para alguien que no ha vivido una dictadura socialista es difícil entender la liberación que significa llegar a un país abastecido y donde puedes comprar lo que tú quieras, siempre y cuando te alcance el dinero. Al principio, nos sucedió así, a mi esposa y a mí, con los automercados. Llegamos a París en noviembre de 2015 y una de las primeras atracciones para nosotros no fue el Louvre, ni la Torre Eiffel ni el Sena, sino recorrer con un carrito de mercado los pasillos abarrotados de mil y un productos en el Carrefour o en el Leclerc.

            En España, la voracidad acumulada se ha expresado a través de las comidas por Glovo y las compras por Amazon. Solo después de cinco años de emigrados creo que hemos superado la etapa de la ansiedad por tener y por comprar, tanto lo que se necesita como lo que no se necesita, tanto si en el momento podemos comprarlo como si debemos esperar a que la situación mejore. Solo ahora creo que hemos asimilado lo que dos décadas de chavismo nos quitaron, entre muchas otras cosas: la libertad económica, sin la cual ningún país es verdaderamente libre.

            El ejercicio de esta libertad, sin embargo, ha tenido su sombra. Es como si uno llevara una vida secreta para no chocar contra ese juicio compartido de que Amazon es el enemigo. Por eso sentí un alivio cuando leí en El clamor de los bosques, de Richard Powers, lo que dice uno de los personajes: «Una vez que compras una novela en pijama, no hay vuelta atrás».

            La mirada admonitoria no proviene solo de escritores, editores, lectores y críticos culturales, a través de artículos, libros y comentarios en las redes sociales. Forma parte también de campañas que buscan estimular lo que llaman «el consumo local». Aquí en Málaga he visto avisos en tableros de publicidad con lemas como «compra cerca, siente tu barrio», por ejemplo. En principio, no habría mucho que objetar. Salvo dos cosas. Lo primero es que lo más «cerca» que uno tiene es la pantalla del celular o la computadora en la habitación propia. Lo segundo es el problema que surge cuando los precios que ofrece esa pequeña tiendita de barrio son sensiblemente más costosos que los que te ofrece Amazon. Alguien en Twitter ponía este buen ejemplo:

            Creo que es difícil rebatir este argumento. Es cierto que la competencia entre un monstruo como Amazon y los pequeños comercios está totalmente desequilibrada pero no corresponde al eslabón más débil de la cadena, el consumidor, financiar con su pequeño bolsillo la batalla. Si los países donde funciona Amazon fortalecieran sus políticas arancelarias y tributarias, probablemente la diferencia de precios sería menos escandalosa y todo tendería a una relación más justa.

            Por otra parte, la vida no es algo que pueda ser programado en sus más mínimos detalles. Por más que yo prefiera comprar ciertas cosas en Amazon hay veces que, por hábitos, urgencias e, incluso, comodidad, se me impone comprar en las tienditas del barrio. Aún a mayor precio. Es esta imprevisibilidad la que le da una autenticidad al flujo del dinero en una sociedad abierta. A veces compro en Amazon, otras compro en la tienda de «los moros» («los árabes», decimos nosotros) y otras más «donde los chinos». Además, se pueden dar carambolas que el algoritmo más intuitivo no ha previsto. Pongo un ejemplo propio.

            En uno de los locales comerciales del edificio donde vivo, funcionaba una herboristería llamada «Las yerbas de la Pepa». Un espacio mínimo, como una caja de zapatos. Cada vez que yo entraba y salía del edificio siempre veía a una señora atendiendo a los clientes o hablando por el celular. Un día estábamos en la calle haciendo diligencias cuando recibo una llamada del repartidor de Amazon. Tenía un paquete para mí y yo no estaba en casa. Me informaba que lo había dejado en «La herboristería de Pepa». Minutos después, recibo otra llamada. Ya no recuerdo si era un paquete de la Agencia Balcells o de Alfaguara, pero lo cierto es que les pedí que lo dejarán también en la herboristería. Y, aunque parezca mentira, recibí una tercera llamada con otro paquete. Creo que nunca habían coincido tantas entregas justo en el momento en que no había nadie en la casa, con la circunstancia añadida de haber utilizado el negocio de una señora a quien no conocía, ocasionándole quién sabe cuántas incomodidades.

            Lo cierto es que al regresar entré en la herboristería, me presenté, me excusé y así conocí a la señora Pepa. Para retribuirle sus servicios, compré tres jabones aromáticos. Uno de ellos era con olor a «Rosa mosqueta». A partir de ese día, al entrar y salir del edificio, saludaba a la señora Pepa. Y cuando los jabones se me acabaron, compraba más y conversábamos. Siempre variaba un poco las esencias, pero pedía fijo uno o dos jabones de «Rosa mosqueta», que era mi preferido.

            Un año después, un día vi la herboristería cerrada «por motivos personales». Me preocupé pensando que Pepa podría haberse contagiado del Covid-19. Esa misma semana me la encontré en el supermercado Más y entonces supe que se trataba de un problema en una pierna. Debía ser operada y no podía seguir atendiendo su herboristería. Era obvia la pena de la señora Pepa. No sé si supe expresar la pena que yo también sentía. Lo cierto es que justo ayer se me acabó el último jabón de «Rosa mosqueta» comprado en «La herboristería de Pepa».

            Acabo de revisar en Amazon y hay una amplia oferta de esos jabones. Me parece, incluso, de la misma marca y mucho más económicos. Pero no me animo a comprarlos. No sería lo mismo.