Rubén Doblas Gundersen, A.K.A «El Rubius».

            Cuando era niño anhelaba convertirme algún día en un gran futbolista o una estrella de rock. Lo que nunca se me ocurrió, ni siquiera en los peores momentos de la adolescencia, fue soñar con llegar a ser un recaudador de impuestos. En España, al parecer, sí es una aspiración común. Al menos en el medio cultural. La conclusión la extraje de las reacciones que ha provocado la noticia sobre El Rubius, un famosísimo youtuber español que ha decidido mudarse a Andorra para no seguir pagando los altos impuestos. El Rubius es el más reciente ejemplo de una tendencia dentro del mundo de los youtubers españoles: la de buscar paraísos fiscales para llenar mejor las arcas de sus propias finanzas.

            Lo extraño es que las críticas no se hayan volcado contra el estado, el cual, por sus exigencias tributarias, estaría dejando escapar a estos jugosos contribuyentes. La indignación va dirigida contra El Rubius y compañía. Así de absurdo como suena: una masa de personas se enfurece por lo que otra persona decide hacer legalmente con su dinero ganado gracias a su esfuerzo y su trabajo. En el caso de El Rubius, su trabajo consiste en ser uno de los más populares narradores de juegos en línea. Yo no sabía de la existencia de este oficio y, claro, tampoco conocía a El Rubius. Busqué su canal en Youtube y veo que tiene dos: «elrubiusOMG», con casi cuarenta millones de suscriptores, y «Rubius Z», un canal «secundario», con otros diez millones de suscriptores más. Ha publicado libros de cómics, que también son un éxito y hasta existe un documental sobre su vida en Movistar+.

            Estas reacciones airadas, al no tener ningún sustento legal, se refugian en un berrinche virtuoso. Según estas voces, es inmoral y poco solidario mudarse de país para dejar de pagarle al estado entre el 40 y el 50 por ciento de tus ganancias. Una actitud individualista que debilitaría la labor gubernamental de garantizar mejores condiciones sociales al colectivo. Un acto de ingratitud, además, pues estos jovencísimos youtubers le deberían a la socialdemocracia las condiciones que han hecho posible su éxito, de modo que los impuestos que pagan son la retribución a esa inversión previa que el estado ha hecho en ellos. Hay otras personas que ni siquiera argumentan esto. Les basta con un típico ejercicio autotélico de clase media: el rico tiene que pagar mucho porque es rico. Lo cual tiene cierta lógica. Como también la tiene el que algunos ricos decidan irse con su dinero a otra parte. Lo que dudo mucho es que el programa educativo de los colegios en España contemplen asignaturas como «Minecraft 1» o «cómo convertirse en un influencer», por lo que algún mérito habría que otorgarle a estos jóvenes.

            Estas reacciones me resultan aún más extrañas en el caso de los escritores. Desde la antigüedad, la del recaudador de impuestos ha sido una figura antipática. Ha sido el heraldo del poder que arrebata a los pobres lo poco que tienen para sostener los privilegios de la élite. «¿Por qué come su maestro con cobradores de impuestos y pecadores?», se lee en Mateo 9:11. La pregunta la hacen los fariseos al ver al antiguo cobrador de impuestos, Mateo, con otros compañeros de trabajo a quienes ha convencido de seguir a Jesús. Este les responde: «Los que están sanos no necesitan un médico, los enfermos sí» (Mateo 9: 12).

            Enfermos, pecadores y cobradores de impuestos; esa es la canalla con la que prefiere reunirse Jesús porque son ellos quienes más necesitan de su palabra para salvarse. Pudiera pensarse, entonces, que estas posiciones enfrentadas con respecto a los impuestos, entre cristianos y fariseos, es rastreable en el transcurso del tiempo. Si recordamos que hay una línea que conecta al cristianismo primitivo con el comunismo y el estatismo, mientras que hay otra línea que conecta al judaísmo con el individualismo, la usura, y, vía el cisma de la Reforma, con la ética protestante, tal comparación no es del todo impertinente.

            No obstante, en el caso español me sigue pareciendo insólito que los escritores se pongan del lado de Hacienda. Sobre todo, cuando es muy probable que la mayoría de ellos pertenezcan a la clase laboral más desasistida, la de los verdaderos parias de la economía española: los autónomos. En el fondo, quizás esta sea la única explicación posible: al no poder obtener unas mejores condiciones para ellos mismos, se conforman con el placer bajo de que el estado también «castigue» a los que más tienen.

            Habría aquí, además, un motivo secreto, inconfesable: el profundo resentimiento de los escritores hacia los youtubers. ¿No son estos jóvenes, que seguramente jamás en su vida han leído un libro, que no estudiaron una carrera universitaria, que pasan de las preocupaciones políticas, identitarias y ecológicas, la negación de todo lo que ellos, los escritores serios y comprometidos, representan? ¿No son las abultadas cuentas bancarias de estos gamers como un escupitajo en la cara cuando las comparan con los esmirriados derechos de autor que ellos reciben por sus novelitas y sus poemitas?  

            El remate de esta faena de la humillación viene cuando el youtuber osa publicar un libro, con frecuencia escrito por un ghost writer y que, para mayor ignominia, se convierte en un súper ventas. El Rubius sería un ejemplo perfecto. En 2014 publicó El libro troll: vendió más de 40 mil ejemplares en las primeras semanas.  

            ¿Cuántos de esos escritores que hoy quieren «decapitar a los evasores de impuestos youtubers en la plaza pública», no se habrán cuestionado su vocación al ver en alguna feria de libros la hilera interminable de lectores esperando una firma del influencer de turno, frente a la pobre filita suya, formada por tres o cuatro de sus propios amigos?

            Quizás todo se reduzca a un problema cervantino. Como lo han confirmado hallazgos recientes, el propio Cervantes se desempeñó varios años como recaudador de impuestos en Andalucía bajo el reinado de Felipe II. Sin embargo, habría que recordar que fueron precisamente las irregularidades cometidas por Cervantes las que lo llevaron en diversas oportunidades a la cárcel. En una de las cuales, si le hacemos caso al famoso prólogo, habría escrito las primeras páginas de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

            El único ejemplo contemporáneo, medianamente parecido, lo encontré en el escritor Rick Yancey, autor de unas divertidísimas memorias tituladas Confesiones de un recaudador de impuestos, donde narra su experiencia laboral de más de trece años en el temible IRS, el Servicio de Impuestos Internos de los Estados Unidos, o, como lo llaman kafkianamente quienes trabajan allí, «el Servicio». Yancey publicó sus memorias en 2014, después de una primera novela cuyas ventas y reconocimientos le permitieron dedicarse de lleno a la escritura. Desde entonces, Yancey se ha hecho conocido por sagas de literatura infantil y de ciencia ficción que cuentan con adaptaciones cinematográficas y miles de lectores en todo el mundo.

Rick Yancey

            En un breve artículo dedicado al tema, Sergio del Molino hace una lectura más realista del asunto: «La culpa de la fuga de impuestos no es de los youtubers, sino de la Unión Europea que consiente la existencia de regímenes fiscales como el de Andorra». No estoy seguro de que este sea el problema, pero sí me parece un razonamiento más sensato. También se podría interpelar al propio estado español. Específicamente, al gobierno socialista. ¿Por qué Pedro Sánchez y su gabinete no se ocupan de que gigantes como Amazon o Netflix paguen impuestos acordes con el tamaño de su actividad económica en España? Ganar esa batalla contra el verdadero Goliat redundaría en un beneficio para todos. Y quizás así dejaríamos de preocuparnos tanto por el dinero que tienen los demás o por qué lo gastan en Amazon o por qué deciden llevárselo a otro país sin consultarnos. Puede que a esto se refiriera Jesús en la respuesta a los fariseos que cierra el pasaje anteriormente citado: «Lo que quiero es compasión, no sacrificios».

            Y compasión es lo que merecen los escritores. En particular, los que no ganamos lo suficiente como para considerar mudarnos a Andorra, Irlanda o las Islas Bahamas. Ni tenemos el genio ni el ingenio de ese recaudador y evasor de impuestos llamado Miguel de Cervantes.