Estimado Comandante Patricio Pron:

Con honda vergüenza, debo confesar que acabo de leer su parte de guerra titulado Sobre la participación en el Premio Rómulo Gallegos de Novela. Con vergüenza para mí, por supuesto, al comprender demasiado tarde que mi impulsividad arruinó, sin yo saberlo, el más secreto y efectivo plan de liberación de Venezuela liderado por usted. Quién me iba a decir a mí, al ver aquella lista con las novelas concursantes a la más reciente convocatoria del premio Rómulo Gallegos, que su presencia allí no era un rasgo de complacencia con la dictadura más feroz de América Latina de las últimas décadas, ni de codicia desmedida por ganar unos 80 mil euros en un país donde la gente muere como moscas por el hambre, o por enfermedades endémicas que en el resto del mundo ya hace rato desaparecieron, o por los grupos de exterminio que se han llevado la vida de miles venezolanos. ¿Cómo no supe ver que esa novela suya no era una novela sino un caballo de Troya?

Cito el pasaje de su parte militar que me dejó helado y me mostró la medida de mi error, proporcional a la de su grandeza de estratega:

«Unos meses atrás, cuando se hizo pública la convocatoria a una nueva edición del Premio Rómulo Gallegos, un puñado de amigos y yo concebimos la posibilidad de utilizar la caja de resonancia del Premio para dar cuenta de esta situación, romper el bloqueo en el que se encuentran intelectuales y artistas que permanecen en el país, devolver a la literatura su naturaleza de acontecimiento político haciéndola punto de partida de una discusión sobre posibles soluciones a los problemas venezolanos y aliviar, aunque fuese en pequeña medida, la situación destinando el dinero del Premio a organizaciones no gubernamentales que trabajan en el territorio: convertir el Premio, por último, en una oportunidad de propiciar un diálogo entre facciones enfrentadas dentro y fuera del país, tender un puente; se trataba de abrir el diálogo sobre lo que Venezuela es, y sobre lo que puede y tal vez deba ser, entre todos aquellos que aún no desestimen las potencias de una literatura que por lo general se conforma con ser mercancía.»

Lo vuelvo a leer y se me suben los colores. Y sin embargo, ahora todo parece tan claro: lo que para ignorantes como yo era una participación en un concurso literario secuestrado por una dictadura se trataba en realidad, ni más ni menos, que de una conjura para la liberación de Venezuela. La solución final a todos sus males. «Romper el bloqueo», «devolver a la literatura su naturaleza de acontecimiento político», «destinar el dinero a organizaciones no gubernamentales» y, lo mejor de todo «propiciar un diálogo entre las facciones enfrentadas».

Esto último es una de las cosas que más me atormentan. Pensar que por mi tozudez perdí la oportunidad de hablar con Díaz-Canel, o con las FARC, o con el representante en Venezuela del Cartel de los Soles, Diosdado Cabello, o con Tareck El Aissami, la figura de enlace entre la revolución bolivariana y Hezbolá. Una oportunidad única para hablar con esos dignos representantes sobre nuestras diferencias y solucionarlas.

¿Cómo fui capaz de estropearle esa oportunidad a mi país? ¡Jamás me lo perdonaré!

Pero su gran plan de «tender un puente» (aquí entre paréntesis: ¡qué gran imagen, qué pedazo de idea! ¿Cómo no se le había ocurrido a nadie antes?) fracasó por dos principales razones, según su informe. Me permito volver a citar sus preciosas palabras:

«nuestra intención de tender uno [un puente] fracasó debido al hecho de que mi trabajo no obtuvo el favor de los jurados del Premio, que escogieron en cambio una novela de la escritora argentina Perla Suez, la segunda mujer que obtiene esa distinción a lo largo de su historia.»

Fíjese cuánto aprende uno cuando alguien de afuera condesciende a explicarte tu propio país, tu historia y tu tragedia. Yo juraba que con la señora Soez eran tres las mujeres que habían ganado el premio Rómulo Gallegos. No sé de dónde saqué los nombres de Ángeles Mastretta y Elena Poniatowska. No obstante, la verdadera razón del fracaso de esta expedición fue otra, imperdonable, y de la cual me asumo el principal responsable. Vuelvo a citarlo:

«De manera más general, sin embargo, el plan fracasó debido a la inexistencia de «la otra orilla» sobre la que debía recostarse la construcción. No pasaban sino algunos minutos del anuncio de las obras que participaban del Premio cuando comenzaron los insultos, las presiones y las demandas de quienes se creían con la potestad de decidir quiénes pueden presentarse a un premio literario y quiénes no: uno de los más vociferantes, que recientemente había obtenido un premio de un think tank neoliberal que promueve políticas de aumento de la desigualdad económica y de exclusión social, condenaba el Rómulo Gallegos por estar «politizado».

Aquí, creo, está resumida nuestra tragedia. El Comandante Patricio Pron quiso rescatarnos y nosotros, los de «la otra orilla», no cumplimos con nuestra parte. En descargo de mi batallón, debo decir que hubo problemas con la comunicación de las instrucciones. Quizás fueron interceptadas por la Cátedra Vargas Llosa o por la organización de la Feria Internacional de Libro de Guadalajara, instancias que su sagacidad me ha permitido ver que no son dos grandes instituciones culturales que promueven el libro y la literatura, sino: « un think tank neoliberal que promueve políticas de aumento de la desigualdad económica y de exclusión social». Porque es obvio que usted, Comandante Pron, cuando habla de aquel vociferante que se ganó un premio, se está refiriendo a mí. Alguna persona maliciosa pudiera pensar que fue pura cobardía no haberme nombrado directamente. Yo, en cambio, sé que es un gesto de proverbial discreción de su parte. Un mensaje en clave, incluso. Pues yo gané el Premio Vargas Llosa, precisamente un autor que usted evita nombrar entre los ganadores del premio Rómulo Gallegos.

Para finalizar, pues no le quiero quitar más tiempo de sus múltiples deberes de liberación global, no deja de sorprenderme lo poco que uno sabe del mundo. Jamás hubiera sospechado que la Cátedra Vargas Llosa o la Biblioteca Virtual Cervantes o la FIL de Guadalajara, eran prácticamente el brazo cultural del imperialismo norteamericano. Lo digo porque yo mismo lo vi a usted varias veces en la FIL de Guadalajara, muy contento. Incluso, lo vi una vez en la feria de Miami, ese reducto neoliberal y explotador de los oprimidos del tercer mundo. Creo haberlo visto. Seguro me confundí. O seguro se encontraba usted haciendo trabajo de espionaje. «En las entrañas del monstruo», como diría el gran José Martí.

En todo caso, le reitero mi más profunda pena por haber abortado su plan de salvación de mi país. Su informe me ha abierto los ojos. No me queda sino disculparme en nombre de mis compatriotas ya que gracias a usted hemos descubierto que si Venezuela sigue oprimida por esta feroz dictadura es por culpa de nosotros mismos, los de la otra orilla. En cierto sentido, es lo que se desprende de su informe. Quizás hasta nos lo merecemos. Es una lección dura pero se lo agradecemos.

Suyo,

Comandante (retirado) Blanco Calderón.