Pablo Montoya, ganador en 2015 del premio Rómulo Gallegos, afirmó en una entrevista publicada en El Universal, el 2 de agosto de 2020, que él no tiene simpatías por las políticas del gobierno venezolano. Sugirió en cambio, echando una mirada al historial del que fuera alguna vez el más importante galardón de novelas en Hispanoamérica, que es el Rómulo Gallegos quien, como un rey caprichoso, sí ha tenido una afinidad por autores de izquierda.

Sobre quienes han criticado la legitimidad del premio en la actualidad, dijo el escritor colombiano en la misma entrevista concedida a la periodista Dulce María Ramos:

«Frente al asunto del desprestigio del premio, habría que mirar desde dónde se lanzan esas críticas. Muchas de ellas, no me cuesta imaginarlo, vienen de la orilla literaria que defienden el criterio comercial de la literatura y el establecimiento de una democracia de tipo neoliberal en Venezuela».

La frase provoca una mezcla de indignación y ternura. ¿No podemos acaso los venezolanos aspirar a una democracia del signo que sea? La ternura viene por lo de la adjetivación de la democracia. Si supiera el señor Montoya qué daríamos los venezolanos por tener la posibilidad de darnos el lujo de elegir el tipo de democracia que quisiéramos. Pero lo que los Montoyitas de este mundo no entienden es que la democracia es el plato principal de un restaurante costosísimo al que los venezolanos ya no tenemos derecho a entrar.

Los argumentos de Montoyita serían una interesante muestra de pensamiento independiente si no fuera por el detalle de que repite, casi en los mismos términos, los expresados previamente por el CELARG en un comunicado titulado «Trumpismo cultural», publicado en la página web de la institución el 24 de julio de este año.

El comunicado empieza así: «El gobierno de Donald Trump se ha propuesto aplastar a Venezuela por todos los medios». Luego sigue la conocida palabrería de guerra fría con que Chávez nos martilló durante sus 14 años en el poder, para terminar con el argumento final:

«los dos primeros ganadores del concurso lo politizaron desde el primer día, como cuando Mario Vargas Llosa elogió la Revolución cubana al recibir el premio de manos de Raúl Leoni y del maestro Rómulo Gallegos. Y en la siguiente edición Gabriel García Márquez donó el monto del premio al nuevo partido, entonces de izquierda, Movimiento al Socialismo».

De lo cual, el redactor (o los redactores) del comunicado extraen el corolario definitivo:

«Este premio nació, pues, politizado».

Al día siguiente de la entrevista a Montoyita en El Universal, el Órgano Oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, alias Granma, la abuelita delatora que lleva la propaganda del régimen castrista desde hace décadas, publicó de la mano de un tal Pedro de la Hoz el artículo «Conspiración antiliteraria o la impotencia del pataleo». Allí el señor (del martillo y) de la Hoz repite la línea dictada desde las oficinas de propaganda de la dictadura cubano-venezolana (a día de hoy, funcionan como una sola): que el premio está politizado desde su origen y vuelve a citar los elogios a la Revolución cubana que marcaron el discurso del primer ganador del premio, el peruano y premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa.

Por otra parte, en una entrevista para la agencia EFE publicada el 10 de agosto, al preguntársele sobre si su participación en el premio legitimaba a la dictadura, Montoyita dijo que:

«En absoluto, yo estoy participando en un concurso literario de larga tradición como el Rómulo Gallegos, un concurso que se dio por primera vez en 1967 bajo unas circunstancias igualmente politizadas, igualmente complicadas. Recordemos que en el discurso que dio Vargas Llosa cuando recibió el premio por La Casa Verde, lo terminó pidiendo un ‘viva’ por la revolución cubana».

Estos ejemplos bastan para demostrar la gran autonomía política de Montoyita con respecto al chavismo. Sin embargo, en vista de que las dictaduras vuelven un infierno el presente, postergan el futuro y, sobre todo, alteran el pasado, conviene desfacer las mentiras que el chavismo y el castrismo, a través de sus voceros oficiales y no oficiales, están difundiendo sobre la historia del premio Rómulo Gallegos.

La primera falsedad es la de atribuir un origen político al premio culpando a las posiciones y actos políticos de sus dos primeros ganadores: Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez. En otras palabras, los dos titanes del boom de la novela latinoamericana, que terminarían, además, ubicados en los extremos opuestos de la palestra ideológica. Como si Vargas Llosa y García Márquez, cuales padres fundadores, hubieran establecido de una vez y para siempre las condiciones del premio.

Por fortuna, para corregir la desmemoria de los Montoyitas de la literatura existen documentos que testimonian las circunstancias y el espíritu que presidieron la creación de un premio como el Rómulo Gallegos.

Un texto fundamental es el Diario de Caracas escrito por un testigo de excepción: Emir Rodríguez Monegal. El Diario cubre los días finales de julio y los primeros de agosto de 1967, cuando se cumplían los 400 años de fundación de la ciudad de Caracas. La Universidad Central de Venezuela y la Comisión del Cuatricentenario habían organizado el XIII Congreso Internacional de Literatura Iberoamericana. Los organizadores hicieron coincidir el congreso con una ocasión que hoy podemos tildar, sin remilgos, de histórica: la entrega de la primera edición del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos a Mario Vargas Llosa por su obra La casa verde. El premio había sido creado bajo la tutela de Simón Alberto Consalvi, en su condición de fundador del INCIBA (Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes), no solo como un homenaje al autor de Doña Bárbara sino, también, «como alternativa o contrapeso a la creciente influencia de Casa de las Américas y la política cultural cubana [en los años sesenta]», recuerda Gustavo Guerrero.

El congreso debía comenzar el 2 de agosto, pero una circunstancia mayor obligó a retrasarlo dos días. Un fuerte terremoto sacudió Caracas el 29 de julio de 1967, cobrando la vida de cientos de personas y ocasionando daños a numerosos edificios de la zona acomodada de la capital. En este contexto poco auspicioso, el congreso daría pie a varias réplicas telúricas de importancia en el campo cultural.

La primera fue que en ese congreso se conocieron en persona Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, quien acababa de publicar Cien años de soledad. El segundo momento importante fue el acto de entrega del premio Rómulo Gallegos el 10 de agosto de 1967 en el Museo de Bellas Artes de Caracas.

Emir Rodríguez Monegal lo describe con gran eficacia narrativa en su Diario. Conviene citarlo in extenso para apreciar de una fuente directa aquel acontecimiento:

«Hay una gran tensión en el ambiente porque ya se sabe que Mario [Vargas Llosa] piensa hacer una declaración de fe política y se teme que esto irrite a las autoridades. La sala en la que se entregará el premio desborda de invitados, de fotógrafos, de feroces focos de televisión. La mesa ha sido alineada contra dos grandes cuadros de Wilfredo Lam, como para subrayar mejor la presencia cubana. El acto empieza en esa atmósfera eléctrica. Pero Simón Alberto Consalvi da la nota exacta en su discurso de apertura. En breves palabras sitúa sin equívocos al autor de La casa verde, al libro y al Premio. Subraya el carácter literario del mismo y su total independencia de toda intención política. Dice, con acierto, que el Premio lo han ganado para Mario los personajes del libro. El discurso de Mario es de una sinceridad aterradora. Allí declara su esperanza en una América mejor. Dice su fe en el socialismo y su convicción de que en Cuba se está realizando la justicia social. Su discurso es hermoso y valiente. Es también modesto. El silencio en el que se le escucha y el unánime aplauso que lo recompensa no son alterados por ninguna manifestación superflua.»

Después de reconstruir este momento dramático, a renglón seguido Rodríguez Monegal entresaca las ya visibles consecuencias:

 «Creo que Mario ha roto tal vez sin proponérselo un tabú que había que romper: la mención de Cuba en un acto oficial venezolano. Si la operación era riesgosa, su necesidad en este caso era obvia. Porque él no podía dejar que se interpretase su aceptación del Premio como la aceptación de un régimen. Tampoco conviene al gobierno venezolano que se piense que el Premio ha sido creado para provocar una adhesión política. Un premio literario debe estar libre de ataduras. Por eso me parece bien que tanto Consalvi como Vargas Llosa hayan subrayado este aspecto y hayan señalado nítidamente los límites (…) el INCIBA ha demostrado su independencia de juicio y ha dado un ejemplo difícil de igualar. Como apuntaba alguien: ¿Es concebible imaginar a la Casa de las Américas entregando un premio a Borges por algunas de sus obras y permitiendo que el escritor argentino ratifique en público en La Habana su simpatía por los Estados Unidos? La democracia práctica tiene su precio, y el precio en este caso fue pagado con la mayor  sencillez.»

La pregunta de ese «alguien» que cita Rodríguez Monegal se vuelve hoy más urgente que nunca. La respuesta, sin embargo, ya fue dada por el propio gobierno chavista en 2005, cuando a partir de ese año tomaron los correctivos necesarios ante el discurso incendiario del escritor colombiano Fernando Vallejo, ganador del Premio Rómulo Gallegos en 2003. En su discurso, Vallejo atacó a la iglesia católica y a las religiones en general, hizo su después acostumbrada defensa de los animales y despotricó contra la especie humana.

No obstante, lo verdaderamente imperdonable para las autoridades chavistas fueron los dardos de Vallejo contra los comunistas y contra Cuba. A partir de entonces, los venezolanos vimos cómo el premio cambiaba de matiz. Se empezaron a premiar a escritores que retribuyeron después con una rastrera fidelidad al régimen (como sucedió con Isaac Rosa y William Ospina); o a escritores con una carrera narrativa precedente sólida y que no fueran incómodos (el caso de Elena Poniatowska y Ricardo Piglia); o, el tercer grupo, a escritores desconocidos, sumisos y agradecidos (el caso de Eduardo Lalo y el propio Montoyita).

Personalmente, creo que las novelas premiadas desde la estalinización del Rómulo Gallegos (desde el 2005 hasta el presente) son mediocres. Sin embargo, el asunto de la apreciación estética siempre puede ser relativo. Antes de que el chavismo secuestrara el premio y lo transformara en un bastión de propaganda, también se reconocieron novelas de calidad cuestionable, como Mal de amores, de Ángeles Mastretta, o La Casa de las dos Palmas, de Manuel Mejía Vallejo, o, incluso, La visita en el tiempo, de Arturo Uslar Pietri.

Lo que sí es incuestionable es el silencio o la fidelidad de los autores comprada con el prestigio (y quizás el dinero) del premio. Lo sucedido con Fernando Vallejo hubiera sido una ocasión perfecta para demostrar que algo del espíritu democrático que había alentado la creación del premio Rómulo Gallegos todavía persistía. Solo que para 2003 habían pasado más de cuarenta años de aquella primera edición y Venezuela y sus instituciones no solo ya no eran un contrapeso a la dictadura cubana sino que, al contrario, se habían transformado en su fuente de sustento, en su satélite que los reconectaba con el mundo y en su teatro de operaciones a gran escala.

Así como Venezuela es una especie de señor Valdemar que la dictadura castrista y sus operadores chavistas han transformado en un cuerpo moribundo, amarrado al hilo de la vida por el magnetismo imperecedero de la utopía socialista, el premio Rómulo Gallegos es hoy una carcasa en la que habita el parásito ahíto del ya desprestigiado premio Casa de las Américas de Cuba.

Lo dicho hasta ahora, la exigencia frontal que he sostenido junto a otros colegas venezolanos para que escritores y editoriales del mundo hispanohablante no participen en el premio Rómulo Gallegos, no busca esquivar el bulto de las propias responsabilidades. El chavismo, en su origen, fue una creación de los propios venezolanos. Y nos tomó varios años entender como sociedad la hondura del mal al que nos estábamos enfrentando. Aunque no tantos como los que necesitamos para comprender la tragedia vivida por los cubanos bajo la tiranía de Fidel Castro, quien en líneas generales fue un mimado por el poder político y por la gauche divine en Venezuela hasta hace poco tiempo. Algunos personajes que en la actualidad se llaman a sí mismos de oposición todavía no terminan de desmarcarse del fatal embeleco de la Revolución cubana ni de enterarse de toda la abyección que el chavismo, de su propio cuño, ha aportado a la historia universal de la infamia.

Sin embargo, los venezolanos en conjunto hemos pagado con sangre, lágrimas, cárcel y exilio nuestra ceguera, nuestros errores, nuestra indiferencia, nuestra inocencia e, incluso, nuestra solidaridad. Pues también es cierto que Venezuela fue durante la segunda mitad del siglo XX un anfitrión generoso para los refugiados y exiliados políticos de varios países de la América hispana y de Europa. Ahora, en cambio, tenemos números de guerra sin una guerra visible. Un éxodo solo comparable con el vivido por el pueblo sirio. Una crisis humanitaria que, sumada a lo anterior, da la cifra de una devastación que estarán pagando todavía las generaciones venideras.

Un futuro comprometido que, hay que advertirlo, siempre puede empeorar. Pues las dictaduras son creadas por grandes hombres dotados para el mal, pero se sostienen en el tiempo gracias a seres minúsculos, como ese Mujiquita adulador que brega entre papeles y minucias a favor de Doña Bárbara.