Crédito de la foto: «True love», de Wolf Ademeit, 2013.

No estoy muy enterado de asuntos de la realeza. Hace poco leí la biografía de María Antonieta, de Stefan Zweig, y recién ahora me estoy poniendo al día con los intríngulis del Cardenal Rohan y el affaire del collar, la costosísima joya que fue el símbolo del desmoronamiento de la monarquía francesa. Por esta lacaya desatención mía tampoco había seguido los pormenores de la caída y fuga del Rey Juan Carlos I de España, hasta que leí en «la prensa» una frase que se le atribuye al propio Rey Emérito, dicha a modo de confesión a algún amigo bocón y traicionero: «Los menores de cuarenta años solo me recordarán por ser el de Corinna, el del elefante y el del maletín».

La frase es magnífica. Así podría comenzar una novela. O, quizás, una película hecha por algún heredero de Sergio Leone. «El de Corinna, el del elefante y del maletín» suena a «El bueno, el malo y el feo».

Recién cumplidos los 39 años, sin embargo, de esa santa trinidad yo solo recordaba al elefante: la lamentable fotografía en la que el rey salía en un safari africano posando al lado del cadáver del noble animal vilmente masacrado. Ahora ya sé quién es Corinna Larsen, la examante del rey, y también indagué en la historia del maletín forrado de billetes con el que el rey se presentó en la oficina suiza de un testaferro. Y gracias a un artículo que me leyó mi esposa comprendí el hilo que conectaba esos tres elementos.

La historia es tan ramplona que encierra todo el enigma de la mortal superficialidad humana. Al parecer, el Rey Juan Carlos y Corinna se conocieron en 2005, o quizás en 2006. En un torneo de tiro a las afueras de Toledo o puede que durante una cena en Alemania. No se sabe. Lo cierto es que por esa época se hicieron amantes. Según un reportaje firmado por Soledad Blardone, en 2012 Corinna trabajaba en una agencia que organizaba viajes de caza en África para clientes de alto nivel. Ese mismo año, el Rey Juan Carlos, junto a Corinna Larsen y varios acompañantes, fue a un conocido safari ubicado en Botsuana. De siete disparos, el rey mató a un elefante de cincuenta años y cinco mil kilos de peso. La foto muestra al rey y a un cazador de la comitiva. Como cortina de fondo, el cuerpo del elefante arrodillado, con la cabeza y la trompa recostadas contra un árbol. Una foto sencilla y grotesca, que pasa a engrosar el infinito archivo de la banalidad del mal.

El giro hemingwayniano de esta historia sucede esa misma noche. En el campamento, viniendo de matar al elefante, el rey se cae y se fractura la cadera: «El viaje ultrasecreto con su amante terminó saliendo a la luz y mostró a un rey impiadoso que disfrutaba matando animales», dice Blardone.

Uno de los cabos sueltos de esta historia al parecer tuvo una consecuencia afortunada: el escándalo provocó que la caza comercial y deportiva fueran prohibidas para siempre en Botsuana. Ignoro si tal interdicción se mantiene o si se ha cumplido a cabalidad. Me gustaría pensar que al menos el sacrificio del elefante del rey haya servido para algo. El otro cabo suelto tuvo consecuencias desastrosas: se hizo pública la relación que el rey mantenía con Corinna Larsen, a quien el monarca le habría dado el vulgarísimo regalo de 65 millones de euros. Regalo que después el rey, en el súmmum de la vulgaridad, le pidió de vuelta. Este estira y encoge entre el rey y su examante destapó la olla de secretos y prácticamente confirmó los viejos rumores sobre sus infidelidades y su adicción al dinero, un vicio sustentado con onerosas comisiones acumuladas a lo largo de los años y depositadas en paraísos fiscales. Todo lo cual habría conducido en 2014 a la abdicación del rey Juan Carlos a favor de su hijo, que pasaría a llamarse Felipe VI, y, finalmente, a esta salida por la puerta trasera de España con destino a República Dominicana.

Acabo de releer «Las nieves del Kilimanjaro» y «La breve vida feliz de Francis Macomber» y, en efecto, la caída del rey Juan Carlos I de España parece una mezcla de ambos cuentos de Hemingway: dinero, cacería de animales en África, matrimonios viciados y adulterios corrosivos, accidentes (una pierna gangrenada en lugar del rompimiento de la cadera real), y el sacrificio del hombre fatuo en el altar de lo femenino sombrío.

De todos los elementos del relato real, me llamó la atención el único que ya conocía: la caza del elefante. Por esos azares de las lecturas, yo llevaba rato pensando en elefantes, esos animales que, según cierta mitología oriental, sostienen el mundo. En un texto titulado, precisamente, «El elefante», el cuentista polaco Slawomir Mrozek construye una parábola sobre un director de un zoológico que, para ahorrarle gastos a la revolución, decide adquirir un elefante de goma en lugar de uno real. Mrozek no solo pone en evidencia la chapucería característica de los regímenes comunistas sino que a la vez esboza los efectos que esta versión improvisada del materialismo tiene en los jóvenes. Justo después de que el maestro de escuela ponderara las virtudes de los elefantes, «el animal terrestre más grande», «el peso de un elefante adulto oscila entre los cuatro y los seis mil kilos», el elefante de goma, inflado con gas, comienza a elevarse ante los ojos desorbitados de los alumnos y se pierde en el cielo. Entonces, nos dice el narrador a modo de cierre y moraleja risueña:

«Los chavales que habían visitado el parque zoológico aquel día empezaron a tomarse a pitorreo los estudios y se volvieron unos gamberros. Por lo visto, beben vodka y rompen cristales. Y no creen en elefantes».

Por su parte, el escritor cubano Antonio José Ponte en su cuento «A petición de Ochún» introduce una variante caribeña y sincrética al narrar la historia de un carnicero y su aprendiz, ambos unidos por la matanza de dos elefantes. Uno, que sucumbe a la codicia por ese alimento exótico en los regímenes comunistas, la carne (no la carne de elefante, sino la carne a secas, de lo que sea), y el otro, sacrificado para aplacar la ira de Ochún, deidad que ampara a la mujer del aprendiz, a quien este ha ultrajado. El aprendiz, por mandato del santero, debe viajar a África y traerle a su mujer el corazón de un elefante: «Un corazón de elefante macho era el modo en que Ochún decía imposible». El relato de Ponte se desdobla entre el realismo socialista del sacrificio de lo majestuoso por pura hambre y ambición, y el componente mágico-religioso del sacrificio animal para reconquistar el amor perdido.

Por si estas referencias no bastaran, un tercer elefante apareció en mis lecturas. En la novela Gemelas, del venezolano Juan Carlos Chirinos, se narra un Apocalipsis en Madrid, anunciado por la invasión de animales exóticos. La trama policial que ocupa el grueso de la novela está enmarcada en el ambiente de lo sobrenatural e inexplicable. Será la tarea del detective Bermejo encontrar el delgado hilo de la razón en medio de lo que parece una sesión de Jumanji que altera el ecosistema urbano. Al final, Bermejo da con la clave del misterio, que apunta al tráfico de animales, a la zoofilia (elemento también presente en el cuento de Ponte), a la corrupción y a los placeres limítrofes de una clase adinerada que convierte los recovecos nocturnos de Madrid en un escenario donde se despliegan las fantasías propias de un narcotraficante del desierto mexicano. En la novela de Chirinos, un pequeño elefante tendrá igualmente una función simbólica y sacrificial de un sentido profundo que en la vida moderna parece estarse extinguiendo.

Teniendo estas referencias en mente, la fuga del Rey Juan Carlos I me llevó a consultar el diccionario de símbolos de Chevalier. En la entrada correspondiente al elefante, lo que encuentro es sorprendente y obvio. Aunque en occidente suele ser visto como emblema de la pesadez y la torpeza, en Asia el elefante tiene connotaciones sagradas: «El elefante es la montura de los reyes…simboliza, pues, la fuerza real»; «simboliza la fuerza, la prosperidad, la longevidad».

El punto séptimo y último de la entrada es bastante elocuente:

«Por estas cualidades, [el elefante] es también atributo del poder real, si contemplamos su propia masa; del rey que huye de la locura y de la imprudencia, si contemplamos su propia desconfianza y vigilancia (…); de la castidad, si es cierto que, según Aristóteles, cuando la hembra está gestando (dos años), él no se acerca y no se aparea con ninguna otra hembra; sería incluso el vengador del adulterio. Un grabado del siglo XVII ilustra estas fábulas, mostrando un elefante que lucha con un jabalí, cual el pudor contra la líbido».

Al embarcarse en esa loca, imprudente e innoble aventura del safari africano, acompañado por su amante, donde dio muerte de siete disparos a un elefante, el Rey Juan Carlos I estaba asestándole un golpe directo al corazón de la propia monarquía que encarnó durante toda su vida. Una puñalada del esplendoroso Dorian Gray de la pompa y el boato al decrépito retrato que se esconde en el desván. Derribar a ese elefante como quien golpea un intolerable espejo ideal.

Para cerrar esta breve nota quisiera citar al doctor en ecología Carl Safina y agregar un comentario. En su libro Mentes maravillosas. Lo que piensan y sienten los animales, Safina dice lo siguiente:

«Cuando un cazador furtivo mata a un elefante, no sólo mata a ese animal que muere. Su familia puede haber perdido la memoria crucial de su matriarca de mayor edad, que sabía adónde trasladarse durante los años más duros de sequía para encontrar el alimento y el agua que los mantendría con vida».

La célebre «memoria de elefante» aparece aquí en su sentido más práctico y vital: memoria del agua y el alimento para la vida. Al contrario de lo que siempre hemos creído, los seres humanos son las metáforas del mundo animal. Símbolos traicioneros con el poder de cortar su ancla con la realidad. Allí radica la fuerza de nuestra conciencia y nuestra voluntad, y lo que explica nuestro destino de fantasmas por siempre atados al recuerdo de la Naturaleza.

Así, calza con el orden de las cosas que los menores de cuarenta años solo vayan a recordar al rey Juan Carlos I por una amante, un maletín y un elefante. Al matar al elefante, el rey mató también su memoria. Y el bien que pudo haber hecho en algún momento parece ahora haberse perdido.

Algunos gamberros embriagados con vodka, un vodka importado de una destilería monstruosa en la que nunca han puesto los pies, afirman incluso que esa parte buena de la memoria perdida nunca existió. Que es pura fantasía, Yo no sabría decir quién tiene la razón. Tampoco estoy muy enterado de la historia y de la política española. Pero aún en el caso de que jamás hubieran existido los elefantes, habría que preguntarse si no valdría la pena creer en ellos de vez en cuando.