UHS-II

«#19deAbril No vamos a descansar ni desfallecer hasta lograr la segunda independencia de Venezuela.

Como en 1810, tenemos la unión de todos los sectores, sumado al respaldo del mundo para ayudarnos a lograr la Libertad».

El tuit lo puso Juan Guaidó en su cuenta personal con motivo de la celebración del aniversario del 19 de abril de 1810, fecha que ha pasado a la historia como la de la declaración de la Independencia de Venezuela. En su momento solo fue, como bien lo han recordado varios usuarios en Twitter, la creación de la Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII, quien había visto usurpado su trono por la invasión de Napoleón a España en 1808.

Ni el 19 de abril de 1810 ni el 5 de julio de 1811, fechas claves de la Independencia venezolana, fueron eventos precisamente épicos. La lectura de nuestra acta de independencia, tal y como la hizo el historiador Elías Pino Iturrieta, permite poner en su justa proporción lo sucedido esos días. La radicalización del conflicto se desarrollaría los años siguientes, desplazándose desde los espacios deliberantes del Cabildo de Caracas hacia los campos de batalla. Un poco a la manera que los girondinos fueron desplazados por los jacobinos en la conducción de la Revolución francesa. La comparación la hace Mariano Picón-Salas, quien asimismo establece un paralelismo entre la época de la Convención y el Terror en Francia y el periodo que se inicia con la «Guerra a Muerte» decretada por Bolívar el 15 de junio de 1813.

Esa guerra, dice también Picón-Salas, fue «la más terrible entre todas las luchas nacionales que haya visto el Continente». Es ahí, con la devastación casi nos borra, que nace el mito de la Independencia venezolana. Un relato fundacional cuyo protagonista principal, Simón Bolívar, será invocado constantemente a lo largo del siglo XIX, XX y XXI en las sucesivas refundaciones de la nación como un Leviatán del que cabe esperar la salvación o la aniquilación absoluta.

Doscientos diez años después del 19 de abril, aún no somos capaces de pensar fórmulas verdaderamente nuevas. Sin embargo, esta falta de imaginación no es algo que se le pueda achacar solo a Guaidó ni a los mercaderes que lo asesoran. Ni siquiera a esa nueva derecha venezolana que tanto se entusiasmó con el trágico Óscar Pérez y que todavía sueña con una invasión militar o una operación comando que acabe con los jerarcas del chavismo (en este aspecto, mis ensoñaciones son aún más infantiles y simples: un dron marca Soleimani). Esta idea fija que es para nosotros el bolivarianismo constituye, como lo dijo Luis Castro Leiva, «la única filosofía política creada por el Estado venezolano». Aunque, en el caso de Juan Guaidó, teniendo en cuenta las limitaciones del personaje, estaríamos hablando más bien de una «piedra filosofal», en el sentido harrypotteresco del término, y no ya de «filosofía política».

La idea de la «Segunda Independencia» tampoco es nueva. En Mensaje sin destino, de 1952, Mario Briceño-Iragorry la menciona como el último eslabón de la cadena del caudillismo que había fragmentado a Venezuela a lo largo de su historia republicana: «Federación, Fusionismo, Regeneración, Reivindicación, Legalismo, Restauración, Rehabilitación y Segunda Independencia». De lo cual extrae el diagnóstico demoledor: «nuestro país es la simple superposición cronológica de procesos tribales que no llegaron a obtener la densidad social requerida para el ascenso a nación. Pequeñas Venezuelas que explicarían nuestra crisis de pueblo».

Manuel Caballero, en ¿Por qué no soy bolivariano?, rastrea la fórmula hasta encontrarla en una carta que Mariano Picón-Salas le dirige a Rómulo Betancourt el 19 de septiembre de 1931, después de leer el Plan de Barranquilla: «He paseado varios días con el “Plan Barranquilla”, y a pesar de mi desconfianza metódica de los documentos revolucionarios, por primera vez he encontrado una tentativa clara y realista de política venezolana. Quizás con un poco de tropicalismo he llegado a pensar que ese “Plan Barranquilla”, pudiera ser la nueva revolución de independencia venezolana» (La carta se puede leer en el libro Mariano Picón-Salas y sus amigos).

El tropicalismo de Picón-Salas no cayó en saco roto pues la idea de la «Segunda Independencia» reaparecerá en los artículos de la sección «Economía y finanzas» que Betancourt mantuvo en el diario Ahora entre 1937 y 1939. Era la época en que Betancourt defendía desde la clandestinidad «un nacionalismo revolucionario» que veía en la presencia sin cortapisas del capital internacional una nueva colonización que debía ser derrotada por una segunda gesta de independencia, esta vez centrada en el proteccionismo político y económico. Así lo resume Arturo Sosa en el extenso estudio que prologa la recopilación de esos artículos, cuyo segundo volumen lleva como título, precisamente, La segunda independencia de Venezuela.

La idea reaparecería después de los sucesos del 18 de octubre de 1945, como un recurso retórico de Betancourt para darle un abolengo al golpe militar que derrocó a Isaías Medina Angarita: «Nosotros estamos resueltos, definitivamente resueltos, a que el gran ejemplo de 1810, ese que quedaba en una nuestra historia como una señera idealidad, lejana e inalcanzable, se repita en 1946». Lo dijo en Maracaibo, el 9 de marzo de ese año, en su condición de Presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno. La frase la cita Germán Carrera Damas en su clásico estudio El culto a Bolívar.

En 1960, con el acto de lanzamiento de la Ley de Reforma Agraria, Rómulo Betancourt encontraría una nueva ocasión de posicionar el ya manoseado eslogan. Sobre este episodio nos dice Manuel Caballero en Rómulo Betancourt: Un político de nación:

«El espectáculo de la promulgación de la Ley tuvo como escenario el Campo de Carabobo, sitio de la batalla final de la independencia venezolana. El gobierno quería destacar así dos hechos. Uno, que esa reforma era la continuación de aquella batalla, una segunda victoria. Era, pues, la “segunda independencia del país”. Lo otro, señalado en su discurso por Betancourt, que esa reforma, menos que el producto de un pensamiento colectivista («el comunismo» atribuido por sus adversarios de extrema derecha), era el cumplimiento de una voluntad del Libertador que nunca pudo poner en práctica».

Ignoro si desde entonces y hasta el 19 de abril de 2020, haya habido alguna otra mención de esta segunda parte de la Independencia venezolana como promesa de futuro que apunta al siglo XIX. Estoy dejando de lado, por supuesto, al propio Chávez y su sedicente Revolución bolivariana, por razones obvias. Aunque habría que ver si algún estudioso de la historia venezolana con más competencia que yo encontraría, de no ser un desatino, más afinidad entre el chavismo y la época de la Guerra Federal que con la Independencia.

De todas formas, basten los ejemplos ya mencionados para no abrigar muchas esperanzas ante lo dicho por el llamado Presidente (E). Y no solo por la distancia inconmensurable que hay entre un documento como el «Plan de Barranquilla» y el tuit de Guaidó (o la que hay entre mi admirado Mariano Picón-Salas y este humilde servidor). Sino porque el destino de Venezuela hace rato que no está en manos de los venezolanos. Su suerte se decidirá en los tableros de la geopolítica internacional, cuando China, Rusia y Cuba ya no puedan seguir sosteniéndole el pulso a los Estados Unidos y acepten que mantener su ocupación en Venezuela ya no es un buen negocio.

El día que esto suceda lo celebraré. Y sabré estar agradecido con los factores externos que hayan hecho posible la libertad de mi país. Es cierto que esta historia no tiene mucho potencial para la épica que requeriría una genuina «segunda independencia», pero me parecería un buen augurio para empezar a construir una versión de país menos heroica y más duradera.