davidcensurado

El 8 de abril de este año publiqué un tuit:

«Ya me explicaron la razón de separar los días de salida por sexo. Al igual que ha sucedido con el difunto lenguaje inclusivo, que nadie ha usado en esta coyuntura, la diferencia sexual se termina reafirmando como un hecho crucial para la logística y la sobrevivencia».

Con «coyuntura» me refería a la pandemia de COVID-19 y la respectiva cuarentena impuesta globalmente para contenerla. La separación de sexos hacía referencia a la medida adoptada en algunos países, como Perú, Colombia y Panamá, donde se establecían días específicos para salir a comprar alimentos: los lunes, miércoles y viernes las mujeres; los martes, jueves y sábados los hombres, por ejemplo. El sentido de esta medida, según me explicaron algunos usuarios de Twitter, era facilitar la identificación visual de los infractores, que hubiera sido mucho más engorrosa si el criterio de organización se hubiera regido por los números terminales del documento de identidad.

Después, la medida se canceló. Al menos en el Perú. Hubo un altercado con dos oficiales que discriminaron a dos personas transexuales. Además, la distinción por sexo, más práctica a simple vista, no contemplaba el otro factor implícito en los miembros de cualquier comunidad: el número. Con lo que los hombres y mujeres que habitaban en una misma casa podían ir juntos a hacer las compras los días asignados, contraviniendo así la exigencia de limitar la circulación a una sola persona por grupo familiar.

Lo que quiero destacar de todo esto son las reacciones que tuvo ese tuit entre algunas feministas, que remarcaron lo que ellas consideraban un uso erróneo de la palabra sexo, cuando lo apropiado hubiera sido hablar de género. Las más moderadas se limitaron a señalarme el matiz entre ambos términos. Las más furibundas remarcaron mi aparente ignorancia con una mezcla de mofa e indignación que fue el prólogo de una andanada de insultos: machista, misógino, «transfóbico» etc.

Estos ataques virtuales son moneda corriente en el discurso público, tanto en la prensa como en las redes sociales, pero no por ello es menos preocupante. Quizás sirva la cuarentena para obligarse a reflexionar sobre esta agresividad cotidiana que se ejerce contra todo aquel que no pacte con el lenguaje del feminismo contemporáneo, cuyo fin manifiesto (la igualdad), al parecer justificaría cualquier medio empleado para conseguirlo (incluida la violencia).

Los ataques prácticamente dejaron de lado lo relativo al repliegue del lenguaje inclusivo durante esta coyuntura. Sobre este punto baste agregar que la crisis ha puesto de relieve que el lenguaje es un patrimonio común que no responde a directrices políticas ni a dogmatismos en boga y que más bien reacciona con su propio genio tanto en su desarrollo diacrónico como en sus articulaciones sincrónicas. En especial, en situaciones de emergencia como la que estamos viviendo. En medio del apremio informativo, con su correspondiente necesidad de transparencia y comprensión (al menos en los enunciados, no tanto así en las cifras), las autoridades en España no parecen haber tenido tiempo para el uso de la famosa letra «e» o de los llamados duplicados inclusivos que buscan corregir la supuesta injusticia congénita del genérico masculino. La pandemia del coronavirus representa una amenaza para nuestra especie y el mejor ejemplo de ello es que el miedo nos ha recordado de forma instintiva que nuestro género es, ante todo, el humano.

Junto a la violencia de algunas respuestas, me sorprendía el otro tono, entre condescendiente y maternal, de algunos comentarios donde parecían estarme informando de algo que era ya un hecho consumado: lo que antes se llamaba sexo ahora se llama género. Es decir, que ya habíamos superado la etapa de la ambivalencia, en la que se podía usar uno u otro término dependiendo de los múltiples factores que determinaran nuestras escogencias lingüísticas. Ya el juicio había sido zanjado en alguna instancia superior y yo debía acatar su resultado. So pena de recibir los citados ataques o las moderadas aclaratorias.

No era, por supuesto, la primera vez que me enfrentaba a las nociones de sexo y género entendidas como un desdoblamiento que enfrenta la biología con la cultura. Aunque sea antipático decirlo, tengo una formación en literatura y teoría feministas mucho más sólida que el nivel medio de las más enconadas activistas que suelen atacarme por alguna opinión no alineada con la revolución que están llevando a cabo. Y esto no por un interés o una sensibilidad particulares míos sino porque fui profesor de Teoría Literaria en la Escuela de Letras de la UCV durante diez años. El programa académico incluía un componente importante sobre feminismo, debido en gran parte a mi amiga y colega, de quien fui alumno y tesista, la profesora Gisela Kozak. Una escritora que, además, ha reivindicado públicamente su condición de lesbiana y defensora de los derechos de la comunidad LGTBQ (por supuesto, este vínculo personal no quiere decir que Gisela Kozak refrende mis opiniones sobre el tema de este artículo).

Tampoco he sido una especie de Rip van Winkle que acaba de despertar de su letargo de años y se encuentra con un mundo irreconocible. Soy un lector atento de todo lo que, ya sea en forma de libros, artículos y entrevistas, circula hoy día sobre feminismo. De nuevo, no porque me considere un «compañero de ruta», como esos que escriben novelas con personajes masculinos dándose latigazos, o porque sea uno de esos académicos con oscuro pasado que ahora dan seminarios con «perspectiva de género» como quien se esconde en la boca del lobo. No. Lo hago porque el feminismo es el movimiento que está provocando las transformaciones más fuertes en la sociedad y yo necesito entender lo que está sucediendo. Asimilar y discernir los discursos y las acciones y medir lo que según mi criterio, con las limitaciones que impone cada subjetividad, puede ser malo o bueno o solo inevitable.

En este caso puntual, he vuelto a tener esa sensación agobiante de estar en una atmósfera que, viniendo de la Venezuela chavista, reconozco muy bien: una donde impera el doble pensar orwelliano, ese que los sistemas totalitarios aplican para desvincular hechos y enunciados. Así como «la guerra es la paz», el género busca tapar la noción de sexo como un manto pudoroso que además se publicita como un instrumento de libertad.

Según Alex Grijelmo en su Borrador de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo (Taurus, 2019), este uso de la palabra género como sinónimo y eventual sustituto de la palabra sexo, es un fenómeno relativamente reciente. Su origen, al igual que la pandemia que me ha permitido ordenar estas ideas, tuvo lugar en China, en Pekín, en el año 1995 durante la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, bajo la organización de las Naciones Unidas. De ese encuentro se elaboró un informe en inglés cuya defectuosa traducción al español filtró, como un virus que pasa de un reino animal a otro, el término gender. Este, en lugar de ser traducido como sexo se vertió literalmente como género, dando lugar a la confusión y manipulación actuales.

Lo interesante es que la inoculación del término gender en el idioma inglés como sustituto de sex responde a unas motivaciones no muy distintas de las de mis censoras tuiteras. Como lo señala Grijelmo:

La palabra género, tal como la ha impulsado el movimiento feminista, es un anglicismo y, sobre todo, un eufemismo puritano, por extraño que parezca en el lenguaje de un sector marcadamente progresista. En inglés, gender (‘género’) cabalgó a lomos del puritanismo victoriano (siglo XIX) para evitar la entonces incómoda palabra sex (‘sexo’). En aquella época se mantenía una hipócrita y estrictísima moral pública mientras se multiplicaban los prostíbulos y las enfermedades venéreas. Quienes mostraban las relaciones sexuales como algo sucio en sí mismo pretendían evitar la expresión más directa que las nombraba, y descubrieron ese término tan limpio (p.2494).

El asunto no pasaría de ser una simple anécdota sobre las apropiaciones idiomáticas si no fuera porque el término género así entendido se inscribe como un símbolo en el lenguaje identitario del feminismo. Sobre esto nos dice Grijelmo: «los lenguajes identitarios se forman mediante palabras, pocas o muchas, que funcionan como símbolos. El hablante se pone esos vocablos en la solapa como si fueran insignias. Así, determinados sintagmas cumplen un papel de señas de pertenencia» (p.2070).

La necesidad de pertenencia no es en sí criticable. Es, incluso, uno de los instintos gregarios del ser humano, que ha sido clave para su crecimiento y adaptación constantes. Sin embargo, la naturaleza de esta necesidad es de por sí excluyente: «no se da una exhibición identitaria sin entender que quien no participe de ella quedará excluido de alguna forma» (p.2059). Lo cual se hace patente en el uso del vocablo género como sustituto de sexo y las implicaciones que tiene con respecto a los hombres, aún cuando estos pacten con el programa actual del feminismo.

Es el caso de la expresión «violencia de género», que fue introducida en el debate español por la exministra socialista Cristina Alberdi en un artículo publicado en El País en marzo de 1999, titulado precisamente La violencia de género. Ante la polémica suscitada por la utilización de esa fórmula, la exministra se justificó remitiéndose al Informe del citado congreso de Pekín de 1995. En su libro, Grijelmo analiza el informe y constata que en ningún momento se utiliza allí la expresión «violencia de género» sino las mucho más acertadas y directas «violencia machista» o «violencia contra la mujer». Visto así, parecería que la fórmula «violencia de género» perdiera en precisión, pues en principio esta noción feminista de género abarcaría tanto a hombres como a mujeres. Es decir, ayudaría a invisibilizar la violencia del hombre al diluirlo en el membrete genérico. No obstante, en vista de que «las agresiones y asesinatos contra las mujeres son cometidos en abrumadora mayoría por los hombres, se supone que violencia de género significa “violencia del género masculino”» (p.2661), con lo cual el juicio y la sospecha caerían no sobre los individuos machistas y agresores sino sobre la totalidad de los miembros pertenecientes al sexo implicado.

El libro de Alex Grijelmo es un salvavidas de erudición y sentido común en esta época donde al totalitarismo lingüístico todavía puede dársele el beneficio de la duda e interpretarlo como la airada expresión de una impotencia ante una sociedad injusta que quiere dejar de serlo. Lamentablemente, la historia ha dado muchos motivos que también nos llevan a estar alertas. Ejemplos de cómo el lenguaje ha sido utilizado de punta de lanza para los desmanes del futuro. Las malas traducciones y los juegos verbales están en el origen de los hallazgos poéticos más sublimes y también de las palabras más desoladoras de la época moderna. A Benito Mussolini le debemos una de ellas, «fascismo», producto de una improvisación suya a partir del vocablo «fascio» que, como señala Jean-Pierre Fayet, originalmente estaba más vinculado a la izquierda, pues se refería a los campesinos rebeldes de Sicilia.

Uno esperaría que el feminismo de hoy invirtiera el camino y al tomar una palabra del puritanismo del siglo XIX la impulsara hasta la verdadera tolerancia y libertad que buscamos todavía en el siglo XXI.

Por esto y porque mi libertad no la entrego a ningún movimiento de masas, por más buenas que sean sus causas declaradas, defiendo mi derecho a usar la palabra sexo y no el anglicismo eufemístico de género. Así como tampoco acepto que me tilden de machista, «transfóbico» o ignorante por negarme a portar las dudosas insignias de su credo.

El sexo es el primer signo que marca nuestro cuerpo y nuestra existencia. Y es la moneda gastada que ofrecemos al final de la vida para cruzar el puente. Por fortuna, y la comunidad LGTBQ con sus conquistas lo está demostrando año tras año, el sexo es cada vez más un camino personal y cada vez menos una vía férrea trazada por otros. Tampoco debería ser una mancha que le indique nuestra impura condición de infieles a los matones solidarios que hacen sus rondas nocturnas.