VENEZUELA-CRISIS-POWER-OUTAGE

Foto: Cristian Hernández.

 

 «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Esa frase, que da inicio a una de las más famosas novelas del siglo XX, también contribuyó a llamar la atención sobre un territorio que, quizás desde la época de los cronistas de Indias y hasta mediados de la década de 1960, no parecía haber despertado semejante fascinación: la América Latina.

La belleza del comienzo de Cien años de soledad deja ver al ojo atento algo mucho más complejo que lo que encierra la dudosa etiqueta de «realismo mágico». El comienzo de la novela de García Márquez apunta, sobre todo, a un estado de profundo atraso y miseria, que solo puede resarcirse de forma imaginaria, con los recursos del recuerdo infantil y del lenguaje poético. El hielo como una innovación tecnológica a la que se asiste como a un acto de magia, que a su vez es el anticipo de un prodigio mayor: la electricidad.

La electricidad ha revolucionado tanto la vida de los seres humanos que su sola presencia o ausencia sirve como un índice de modernidad. O de los requisitos básicos que requiere una sociedad para aspirar a la condición de moderna. En Venezuela, ya se sabe, la crisis energética fue declarada por el difunto presidente Chávez en enero de 2010, cuando su gobierno anunció un primer plan de cortes eléctricos. Fue así, producto de la corrupción administrativa y la ineficacia gubernamental, como Venezuela entró en una fase de aguda precariedad que esta semana ha terminado de manifestarse de una forma catastrófica: el apagón nacional del jueves 7 de marzo de 2019. Un apagón absoluto. En los 23 estados del país. De más de tres días de duración y que todavía persiste, una semana después, en algunos sectores (Quiso la mala fortuna que a las dos ramas de mi familia, una que vive en Mérida y otra en el este de Caracas, les tocara el castigo más largo: hasta el momento que escribo estas líneas continúan sin agua y sin luz).

Lo peor de una situación como esta no es solo que los pacientes mueran en el quirófano, o a la espera de entrar a uno, ni que los bebés recién nacidos fallezcan porque las máquinas respiradoras se apaguen, ni que la comida que con tanto esfuerzo guardan las familias venezolanas en su lucha contra el hambre y la inflación se descomponga. Ni mucho menos que los medicamentos de pacientes con cáncer o con problemas de insulina se dañen cuando no se conservan en el refrigerador. Lo peor es que todo este escenario infernal, del cual he mencionado apenas unos cuantos males, está sucediendo de forma simultánea y no llega a la luz pública (nunca una metáfora fue tan exacta y cruel). Durante una semana, los medios apenas han podido cubrir de forma parcial la masa de los acontecimientos y las comunicaciones se han visto interrumpidas por horas y a veces por días enteros.

Después de la tercera jornada de apagón, le escribo a mi madre para saber cómo ha pasado la noche. Horas después responde mi mensaje. «Dan ganas de llorar», me dice. «Ni un ruido. Ni una lucecita. Un silencio que aplastaba». Para responderme, mi madre se ha tenido que ir con el carro hasta una autopista cercana, que es donde llega algo de señal. En el camino, ve largas colas de carros tratando de reponer gasolina y muchos negocios cerrados. Los pocos abiertos, también llenos de gente.

El apagón prolongado ha creado un clima de peste bubónica en Venezuela. Se suceden comportamientos que hacen pensar que la venezolana es la sociedad más miserable y egoísta del mundo, y también la más honesta y solidaria. Algunos se dedican a cobrar un dólar por el uso momentáneo de una toma de electricidad para cargar los teléfonos móviles, y otros que poseen una planta eléctrica permiten a sus vecinos cargar sus teléfonos sin cobrar nada. Algunos establecimientos venden a precios estratosféricos la poca comida disponible para aprovecharse de la necesidad y ganar, ellos también, unos billetes verdes. Mientras que otros aprovechan el regreso fugaz de la electricidad para cocinar la comida guardada y repartirla entre la gente de manera gratuita para que no se pierda y así ayudar.

 «Tres dólares por una bolsa de hielo en este Macondo», escribe mi amigo Lenin Pérez en su cuenta de Twitter, desde Caracas. Tres dólares que son más de la mitad de un sueldo mínimo en Venezuela, que a marzo de 2019 no alcanza a los seis dólares. Un precio irrisorio en comparación con el horror que representaría una intervención militar encabezada por los Estados Unidos, dirían los biempensantes del mundo, desde la comodidad de un hogar con electricidad, agua corriente y comida en el refrigerador y la despensa. Biempensantes y bien lejos de ese pelotón de fusilamiento que aniquila día a día a los venezolanos, ante la impasibilidad o la impotencia (es lo mismo) de la comunidad internacional.

–Se llama hielo. Tóquenlo. Es frío. Y brilla –podrían agregar.

El truco de la electricidad será para otro día.