caballo von dangel

Imagen: «Monumento», de Miguel von Dangel.

Conversé con mi madre la noche del 24 de diciembre y me dijo que allá en Caracas todo estaba muerto. Tiendas cerradas, calles vacías y un gran silencio. 2018 había sido nefasto. No había nada que celebrar. Ni siquiera se podía sentir el alivio de que se acabara el año porque el siguiente se perfilaba todavía peor.

Si la economía en ruinas había arrojado la increíble cifra de un 1.700.000 % de inflación en los últimos doce meses, lo proyectado para el 2019 era casi una sentencia de muerte: el Fondo Monetario Internacional pronosticaba una inflación de 10.000.000 %. Y todo parecía indicar que sería así, pues el 10 de enero estaba previsto el inicio de un nuevo período de Nicolás Maduro, alcanzado a través de unas elecciones fraudulentas realizadas en mayo de 2018 que fueron denunciadas como tales por más de sesenta países de la comunidad internacional.

A nivel interno, el panorama político no era más alentador. La oposición venezolana lucía desarticulada, sin una estrategia común, dando muestras de una aguda crisis de credibilidad.

Maduro se asomaba así al año entrante: con más de 80 % de rechazo entre la población pero más atornillado que nunca en el poder.

El pesimismo mío se venía acumulando desde algunos años antes. Yo trabajaba como profesor de teoría literaria en la Escuela de Letras de la Universidad Central y me hallaba por completo desmotivado. Mi sueldo se volvía agua y la cotidianidad era agobiante. Mi labor como investigador universitario se limitaba a comprobar los nuevos consejos de sobrevivencia que los caraqueños compartían. Por ejemplo, que el jabón de lavaplatos se podía usar también para lavar la ropa. La escasez de comida y productos básicos comenzaba a apremiar y yo iba a la universidad casi sin preparar mis clases, haciendo acopio de fuerzas para transmitir los contenidos.

El 7 de octubre de 2012, cuando el moribundo Hugo Chávez derrotó al candidato opositor Henrique Capriles en las elecciones presidenciales, supe que necesitaba irme de Venezuela.

No fue sino hasta finales de 2015 cuando pude hacerlo. En Francia, me otorgaron una beca de tres años para hacer estudios doctorales en la universidad de París 13. Así que me tocó contemplar desde la distancia la radicalización de la crisis humanitaria en mi país. En diciembre de 2016 fui de visita a Caracas y pasé por la dramática circunstancia de ver a amigos enflaquecidos y apocados. Para ese momento ya se había calculado que el venezolano había perdido un promedio de nueve kilos en tan solo un año.

Dos años después, en diciembre de 2018, desde París seguí camino junto a mi esposa hacia Málaga, hermosa ciudad donde llevamos dos meses viviendo. Nos mudamos con la expectativa de hallar en el sur de España la hospitalidad necesaria para hacer de este nuestro hogar definitivo, pues los reportes sobre Venezuela, confirmados por nuestros familiares cada semana, no permitían abrigar esperanzas de volver.

Y es entonces cuando apareció Juan Guaidó, el joven político que en poco más de dos semanas ha logrado lo impensable: convertirse en el presidente encargado de Venezuela. Este giro de los acontecimientos dará tela que cortar a los historiadores de la política en los próximos años, cuando al fin se conozcan los detalles que condujeron a un muchacho casi desconocido a materializar los deseos de cambio de todo un país. Y esto sin acudir a la violencia, ni ampararse en las armas ni saliéndose de lo que establece la constitución. A Juan Guaidó le ha tocado ser el rostro visible de una gesta civil.

De modo que no es apresurado afirmar que el cambio político en Venezuela es inminente e irreversible. Aunque no será suficiente su solo advenimiento para resolver los graves problemas que dos décadas de chavismo han legado al país, a Latinoamérica y al mundo. Porque Venezuela se ha convertido en un problema global. Un problema del presente que ha revivido muchos fantasmas del pasado, lo que con demasiada frecuencia impide apreciar las particularidades de nuestro caso.

La conformación de dos grupos enfrentados, Estados Unidos y sus aliados, por una parte, a favor del cambio político, y de Rusia, China, Cuba y otros países, por la otra, a favor de la permanencia de Maduro, ha hecho creer a algunos que estamos en la antesala de una nueva guerra fría. O que el conflicto actual en Venezuela es un remake de la crisis de los misiles en Cuba en 1962.

Semejante interpretación, esgrimida sobre todo por voceros y representantes de la izquierda, tiene un corolario invariable: los velados intereses de Estados Unidos sobre el petróleo venezolano. A este respecto, basta ver las cifras oficiales que indican que este es el momento de menor dependencia histórica estadounidense del petróleo venezolano. Caso contrario al de China, cuya dependencia en este sentido sí ha aumentado de manera inversamente proporcional, aunque esta no se perciba por estos mismos voceros como un interés con consecuencias injerencistas.

 Ser el país con las reservas más grandes de petróleo en el mundo ha sido la fortuna y sobre todo la desgracia de Venezuela. No solo porque el petróleo se ha convertido muchas veces, parafraseando una frase de Bolívar, en un «instrumento de nuestra propia destrucción», sino porque para otros países no somos una sociedad con mayoría de edad ni con problemas auténticos. Como mucho, somos una ricachona Helena de Troya bajo la constante amenaza de ser raptada por los Estados Unidos. Impresión que en algunos sectores persiste todavía, a pesar de que la devastación vivida en Venezuela ha desangrado al país puertas adentro, con los cientos de miles de personas que han muerto a manos de la violencia, y los otros miles que han muerto de hambre o por falta de medicinas o a la espera de un tratamiento. Y también puertas afuera, como lo demuestra el inédito movimiento migratorio de millones venezolanos que han cruzado las fronteras y que ahora se ven en las calles de Latinoamérica, mendigando, como los refugiados de una guerra intraducible. El de Venezuela es un conflicto que requiere nuevas formas de entender los sistemas dictatoriales y los efectos devastadores que pueden tener en las democracias modernas.

Y sin embargo, el problema de fondo es básico. No se trata del enfrentamiento entre la izquierda y la derecha. Ni de guerras frías, calientes o recalentadas. El único conflicto que hay en Venezuela hoy es el de la vida contra la muerte. Mi país batalla por su derecho a la vida.

Una batalla en la que, según la ONG Foro Penal, nada más entre el 21 y el 26 de enero se registraron 35 personas asesinadas por las fuerzas represoras durante las protestas. Y un total de 791 personas detenidas en ese mismo periodo, de las cuales 696 fueron apresadas solo el 23 de enero, fecha en que Juan Guaidó cumplió el mandato constitucional de asumir la presencia interina. Hay que acotar que la mayoría de las víctimas mortales son jóvenes. Y buena parte de los detenidos son niños. Entre estos últimos, una niña indígena de 14 años que fue detenida en el estado Amazonas y acusada de terrorismo.

Junto a esto, hay una segunda batalla que los venezolanos estamos librando. La comunicacional. Pues no sólo estamos peleando por nuestra libertad sino que pareciera que además debemos justificarnos. Al menos ante académicos norteamericanos como Noam Chomsky, quien recientemente hizo público un manifiesto firmado por setenta colegas suyos llamando a no reconocer la presidencia de Juan Guaidó y a evitar la «injerencia» de los Estados Unidos en los asuntos de Venezuela. El argumento que esgrimen es de una ironía desoladora: Chomsky y sus amigos afirman que el reconocimiento a Guaidó podría traer como consecuencia «un baño de sangre, caos e inestabilidad».

Lo peor de este tipo de opiniones es que buscan atacar un paternalismo, el norteamericano, empuñando otro, también de origen norteamericano, a través de una supuesta solidaridad expresada mediante la manoseada fórmula de la «autodeterminación de los pueblos». Una solidaridad que, como diría René Girard, engendra nuevas formas de crueldad y revela una ignorancia total de la historia política que hizo de Venezuela una nación rica, soberana y moderna en la segunda mitad del siglo XX, y una de las pocas democracias del continente que durante cuatro décadas le supo decir que no a los sistemas totalitarios de todo tipo. Pues Venezuela, bajo el gobierno de Rómulo Betancourt, fue el primer país de la región en romper relaciones con Fidel Castro y la Revolución cubana. Así como después, en los años setenta, Venezuela fue también refugio de muchos exiliados argentinos, uruguayos y chilenos que huyeron de las dantescas dictaduras del cono Sur. En ambos casos, la solidaridad no fue para nosotros un asunto de direcciones ni de coordenadas ni de puntos extremos del pensamiento político. Fue una cuestión más urgente, de elemental empatía y respeto por los derechos humanos. No es otra cosa lo que exigimos.

 

*Este artículo fue publicado originalmente en la página cultural del periódico alemán Süddeutsche Zeitung, en su edición del 4 de febrero de 2019.