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El 31 de octubre pasado, en el Instituto Escuela de Caracas, un alumno de 16 años decidió disfrazarse de Adolf Hitler. Paulina Gamus, exparlamentaria y connotada representante de la comunidad judía en Venezuela, puso a circular en su cuenta de Twitter el corto video que apenas duraba unos pocos segundos. No sé si se trataba de una representación teatral, como quizás lo permitía entrever cierta disposición escénica que encuadró la entrada del personaje, o si fue solo el momento en que este muchacho apareció en lo que podemos imaginar como la típica fiesta de Halloween en un colegio de hoy.

Esos pocos segundos, sin embargo, bastaron para que la indignación (con Gamus a la cabeza de la turba) prendiera en las redes y empezara el (también típico) linchamiento virtual. Por supuesto, no se hizo esperar el comunicado oficial del colegio. Un texto cobarde donde «La Dirección» deja claro que «lejos estamos de apoyar un episodio tan triste y deplorable». Sin un asomo de reflexión ni de conciencia institucional, le dan la espalda al muchacho, lo abochornan y de paso se lavan las manos. Como si no fuese allí donde el muchacho se ha formado. Como si el muchacho, después de haber cometido «el crimen» de disfrazarse del asesino mayor precisamente en el día de los muertos, ya no fuese un miembro de esa comunidad. Como si a esa comunidad en conjunto no le tocara la correspondiente reflexión sobre esos otros estudiantes que, incorporados a la comparsa, respondieron al saludo nazi.

Luego, como también era de esperarse, vino la carta de disculpas del propio estudiante, por completo apesadumbrado y arrepentido. A pesar de esto, el hostigamiento hacia él no fue solo virtual. Incluyó el acoso a través de mensajes de odio y amenazas que alcanzaron hasta a su familia.

Al ver todo esto, pensé en la obra del magnífico artista alemán Anselm Kiefer. Voy a hablar de él, sin extenderme mucho, como una forma de decirle a ese muchacho (a quien no conozco) que no hizo nada malo.

Anselm Kiefer nació el 8 de marzo de 1945 en Alemania. El mismo año en que terminaría la Segunda guerra mundial. A este azar geográfico e histórico, Kiefer se encargaría de darle un sentido, pues toda su obra trata de responder a una sola pregunta: ¿cómo ser alemán en un mundo que sobrevivió a Hitler?

El genio de Kiefer está en la precocidad con que se plantea esta pregunta y sobre todo en el modo en que trató de contestarla. En 1969, con apenas veinticuatro años, realizó una serie de fotos que tituló Ocupaciones. En ella, Kiefer visitó distintas ciudades de Europa que fueron ocupadas por el nazismo y se fotografió a sí mismo haciendo el saludo nazi. Estas fotos serían publicadas en 1975, en la revista Interfunktionen, lo que provocaría el primero de los muchos escándalos que han marcado la trayectoria del que, en mi opinión, es el más complejo, ambicioso y conmovedor de los artistas plásticos contemporáneos.

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La insistencia de Kiefer en representar el Sieg Heil copó sus creaciones de esos años. En el mismo 1969 hizo dos libros, Símbolos heroicos y Para Genet, en los que extendió la reiteración del saludo nazi a otras técnicas como la pintura en acuarela y a otros espacios fotográficos, como el de la intimidad de su taller. Sobre esta particular manía, nos dice Rafael López-Pedraza en Anselm Kiefer. La psicología de «Después de la catástrofe»:

 «De manera indirecta, Kiefer nos fuerza a considerar un milenio en el que la humanidad [de haberse cumplido el delirio nazi de construir un imperio que durara mil años] habría tenido que ejecutar el saludo nazi compulsiva e incesantemente. Y con ello toca una psicología que no ha sido explorada: la de una demencia sin parangón. Sólo manteniendo su alma bien arraigada al cuerpo, pudo Kiefer explorar en semejante locura».

El valor que semejante apuesta artística tuvo y tiene todavía, se aprecia mejor al tener en cuenta el contexto en el que surge un artista como Anselm Kiefer. Como lo señala Daniel Arasse, Kiefer pertenecía a la «tendencia más dinámica de la cultura alemana (literatura, teatro, cine, artes visuales) que, desde el final de los años 50, trabajaba para romper el silencio colectivo sobre la catástrofe histórica de la guerra y del Tercer Reich». Agrega Arasse que en la República Federal Alemana se habían propuesto una doble tarea, tanto de reconstrucción del país después de los desmanes de la guerra, como de un olvido sistemático de toda la imaginería y simbología que remitiera al nazismo. Hasta el punto de que, por ejemplo, en las escuelas y en las universidades había sido borrada toda referencia a la mitología y el folclor nórdicos que insuflaron buena parte de sus delirios totalitarios.

Es fácil imaginar la resistencia, las objeciones y los ataques que esta decisión de romper el silencio provocó en los círculos artísticos europeos. Lo que no hace, viendo el prodigioso recorrido que ha sostenido Kiefer desde entonces y hasta el presente, sino que valoremos aún más el riesgo y la lucidez de su (repetido) gesto. Lo que lo convierte, según Arasse, en «el primer [artista] en afrontar directamente, desde su cuerpo, la representación del nazismo».

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Y esta es, quizás, otra de las grandes lecciones psicológicas del arte en general y de Kiefer en particular: que el mal también necesita ser representado. Es cierto que toda persona, y en especial todo adolescente, debería leer obras tan importantes, complejas y bellamente escritas como el Diario de Anne Frank o Si esto es un hombre, de Primo Levi. Pero esa indagación en los horrores del nazismo estaría incompleta sin recorrer también obras como la de Anselm Kiefer. O películas como La Caída, de Oliver Hirschbiegel o, no menos importante y más en sintonía con la sensibilidad contemporánea, Bastardos sin gloria, de Quentin Tarantino.

De toda esta historia, lo más aleccionador son las respuestas que ha dado el propio Kiefer a por qué hizo la serie de las Ocupaciones: «No me identifico ni con Nerón ni con Hitler, pero tengo que revivir lo que ellos hicieron, así sea en mínima escala, para poder comprender su locura» (del libro de Mark Rosenthal, citado por López-Pedraza). En una entrevista documental, titulada Anselm Kiefer: Remembering the future, Kiefer también comenta la razón de su absoluto silencio con respecto a los ataques personales que provocaron estas fotos, donde se lo acusaba de neonazi y fascista. Kiefer dice que nunca respondió esos ataques pues él no podía estar seguro, como no lo podría estar ningún alemán no judío de entonces, de cuál hubiera sido su posición en el conflicto de haber nacido algunos años antes. Esta declaración, que explica en parte sus motivos para encarnar a Hitler y repetir hasta la saciedad el tenebroso y estúpido saludo nazi, revela como ninguna otra la hondura y la honestidad de su indagación en el ser alemán de la posguerra.

De lo conflictiva y desgarradora que puede ser esta indagación, me di cuenta antes incluso de conocer la obra de Anselm Kiefer. Fue en el año 2014, la última vez que fui a Mérida. Allí, mi amigo Arnaldo Valero nos llevó a comer en un puestico de salchichas alemanas deliciosas. Lo atendía un alemán a quien volveríamos a ver esa misma noche en el famoso bar Biroska. Allí conversé con él. Me enteré de que llevaba más de veinte años viviendo en Mérida. Yo le pregunté, con total falta de tacto, cómo había llegado hasta aquel rincón de Venezuela. Y entre la cerveza y el ruido de la música, me confesó que solo en Mérida había conseguido la tranquilidad. Solo allí había dejado de sentirse culpable por ser alemán.

Nadie elige el lugar donde nace, parecen recordarnos Anselm Kiefer y este alemán merideño. Y estoy seguro de que, al disfrazarse de Hitler, este muchacho no tenía idea del campo minado que estaba pisando. Le tocó nacer en una época en la que los horrores del holocausto alemán ya parecen demasiado lejanos. Aunque alguna razón, quizás inconsciente, tiene que haber detrás de la escogencia de su disfraz. No en vano también le ha tocado nacer en un país devastado por una dictadura que responde a una ideología no menos brutal y sanguinaria que la del nazismo.

Para su propia tranquilidad y para diferenciarse de la turba 2.0 que piensa en masa y solo sabe de gritos y linchamientos, a este muchacho le toca indagar en las motivaciones de su gesto. Profundizar en toda la historia que hay detrás de ese hombrecito pavoroso, pero también risible y ridículo que fue Adolf Hitler, cuya sombra nos interpela a todos, judíos y gentiles. Pues, como lo resume bien Rafael Léopez-Pedraza, «el nazismo no sólo puede ser considerado como paradigma de la maldad, sino como paradigma de la estupidez».

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