Teodoro-Retrato Fabiola Ferrero

(Fotografía: Fabiola Ferrero)

 

Abro WhatsApp y leo:

–Puede que el país se haya ido a la mierda, pero hay cosas que nunca cambiarán.

El mensaje me lo envió mi amigo Juan Pablo Gómez acompañado de una foto de la tabla de clasificación de la liga venezolana de beisbol. Allí, en el fondo, como un parroquiano que se ha ganado con constancia su lugar en la barra, estaban nuestros gloriosos y sufrientes Tiburones de La Guaira. Intercambiamos las bromas usuales al respecto.

Al rato, Juan Pablo me escribe otro mensaje:

–Murió Teodoro.

Había sido un día tristón, con esos cielos de un gris canalla que a veces hay en París y esta noticia me terminó de tumbar.

Abrí Twitter, encontré la noticia y después escribí en el grupo familiar de WhatsApp esas dos palabras:

–Murió Teodoro.

Agregar «Petkoff» hubiera sido estúpido. Teodoro es Teodoro. Su culto me lo transmitieron en mi casa materna junto al de otro insigne tiburonero, a quien nombrábamos en este caso solo por su apellido: Cabrujas. Quiso el destino que me tocara a mí anunciar a mi familia las dos muertes. La de Cabrujas, el 21 de octubre de 1995, la supe cuando estaba en casa de mi abuela, en el bloque 4 de San José del Ávila, viendo la transmisión de un juego de los Tiburones de La Guaira. Antes de comenzar el juego, escuché al narrador deportivo Alvis Cedeño decir la noticia. De un salto, salí del cuarto donde estaba y solté en la sala, sin ningún tacto:

–Se murió Cabrujas.

Aún recuerdo las caras de mi madre y de mi tía (quien es caraquista, pero buena gente) que no podían contener la sorpresa y algunas lágrimas.

Quiso también el destino que ayer fuera 31 de octubre, aniversario de la fundación de los Tiburones de La Guaira allá en el año 1962. Entre ambas muertes, la de Cabrujas en 1995 y la de Teodoro, en 2018, se cierra un ciclo personal, familiar y nacional. Se clausura una versión inteligente, aguerrida y divertida de Venezuela que no hay forma de recuperar. Lo cual no es del todo malo. Hay ciertos vacíos que por alguna extraña razón nos transmiten energía y nos limpian la mirada.

Años después, tuve la fortuna de alimentar mi admiración por Teodoro de forma directa. En tres ocasiones hablé con él.

La primera fue en 2009 para grabar en video su testimonio sobre Rafael Cadenas, quien acababa de ganar el Premio de Literatura en Lenguas Romances que otorga la Feria del Libro de Guadalajara. Teodoro nos sorprendió con la anécdota de un joven fortachón y elocuente que subido al techo de un carro, en los alrededores del edificio de San Francisco, en el centro de Caracas, donde estaba la antigua sede de la Universidad Central, arengaba a quienes lo escuchaban a unirse a la revolución contra la dictadura de Pérez Jiménez. Era el año 1952 y el joven fornido y orador no era otro que nuestro silencioso poeta Rafael Cadenas.

La segunda vez fue en los estudios de la Emisora Cultural de Caracas, en la época en que Luis Yslas y yo teníamos el programa de radio «Relecturas», que transmitíamos en vivo los martes (creo que era los martes) de ocho a nueve de la noche. Esa vez invitamos a Teodoro a hablar sobre uno de sus libros fundamentales, que acaba de salir y de agotar en algunas semanas un par de ediciones: El chavismo como problema. A la hora acordada, Teodoro se apareció. Además de los nervios que sentía por la perspectiva de entrevistarlo, se sumó el pánico que me entró cuando Teodoro tuvo uno de sus arranques de exasperación al saber que la entrevista duraría una hora. Nuestro programa no tenía ninguna publicidad y por lo tanto Luis y yo no recibíamos ningún pago. Es probable que lo escucharan muy pero muy pocas personas, lo cual, sin embargo, nos daba una libertad que hoy luce insólita: poner la música que nos provocaba. O, por ejemplo, dedicarle todo un programa a un solo tema o a un solo entrevistado durante una hora.

–Bueno, qué vamos a hacer –dijo Teodoro ya instalado en la cabina, resignado. Y luego procedió a contestar nuestras preguntas y a darnos una cátedra en vivo de la aberración política que era el chavismo y unas cuantas lecciones sobre la democracia.

Cuando terminó el programa, yo lo acompañé a la salida. En el tope de aquella colina donde se encontraba la Emisora Cultural de Caracas, a las nueve y pico de la noche, vi a Teodoro subirse a un Fiat Uno, sin chofer ni escolta ni nada parecido, y marcharse.

La tercera ocasión fue en el año 2012, en la sede del periódico Tal Cual en Los Palos Grandes. Yo quería que Teodoro me contara la historia de su famosa fuga del Hospital Militar el 29 de agosto de 1963. El episodio me interesaba por razones personales. Yo me encontraba recabando testimonios para escribir una novela sobre Darío Lancini, el gran palindromista y figura discreta pero central de la vanguardia político-literaria venezolana de los años sesenta. Había un dato en particular que me atraía y era el asombroso parecido físico que, según los testigos de esa época, hubo entre Darío y Teodoro. Parecido que había jugado su pequeño papel en dicha fuga, en la que también estuvo involucrada la escritora Antonieta Madrid, que después y durante treinta y cuatro años y hasta el final, fue la esposa de Lancini.

Yo tenía el temor de que a Teodoro le fastidiara volver sobre aquel episodio que no necesitaba, creía yo, ser contado de nuevo. En una de las paredes de su oficina, enmarcado, estaba el artículo que García Márquez había publicado en noviembre de 1983, titulado «Teodoro» y que el premio Nobel colombiano escribió como testimonio de admiración y amistad y también como apoyo a la candidatura presidencial de ese año del exguerrillero venezolano. En ese artículo, García Márquez narraba con ciertas variantes el mismo episodio por el cual yo venía a interrogarlo. Sin embargo, Teodoro se mostró más que dispuesto a volver a narrar esa aventura que es no solo un hito personal suyo sino uno de los momentos más fascinantes de la historia política latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX.

La última sorpresa que me llevaría ese mismo día sería que Teodoro, el ídolo de mi infancia y adolescencia, había leído algo mío. Se trataba de un cuento que yo había escrito sobre los Tiburones de La Guaira. La religiosidad beisbolera de Teodoro había jugado en mi favor y persistía en una placa del equipo que estaba clavada en la puerta de su despacho en las oficinas de Tal Cual.

 Y todo esto se acumula ahora, en medio de la garganta y del pecho, cuando saco cuentas. La última vez que los Tiburones conquistaron el título fue en la temporada 1985-1986. El crepúsculo de la famosa «Guerrilla». Fue en esa misma década que Teodoro se postuló y perdió dos veces en las elecciones presidenciales que condujeron a los gobiernos de Jaime Lusinchi y de CAP II. A veces me pongo a pensar (y esto da risa y dolor al mismo tiempo) qué se sentirá ganar un campeonato de beisbol. También me pregunto cuál hubiera sido la historia de Venezuela si nos hubiéramos permitido la posibilidad de que esa tercera vía representada por Teodoro hubiera llegado al poder. Probablemente, Teodoro no tendría hoy la misma aura intachable con que sus admiradores, conocidos de él o no, lo recordamos. El poder desgasta y corrompe siempre. Se quiera o no. Pero quizás muchos de los demonios acumulados durante cuarenta años de democracia hubieran tenido una civilizada válvula de escape.

Sospecho que a Teodoro no le hubiera molestado mucho caer en la desgracia de la incomprensión absoluta si eso hubiera significado algún beneficio para el país. A pesar de esto, no se salvó de la circunstancia de ser odiado por la mentalidad monolítica de algunos cuantos que repiten viejos cuentos de camino a los que, por cierto, son muy aficionados los voceros del chavismo.

Para otros, en cambio, y me gustaría pensar que son la mayoría, Teodoro se convirtió en el héroe de nuestras causas perdidas.