Valdemar

Es significativo que cada vez que se crítica a la dirigencia de la MUD/ Frente Amplio por sus más que evidentes errores, negligencias y en ocasiones hasta abiertas complicidades con la dictadura, salgan algunas reconocidas voces y otras tantas anónimas a recordarnos que Maduro y sus secuaces son «el verdadero enemigo». Esa es la expresión, de thriller psicológico, que siempre usan. A veces ni siquiera rebaten los argumentos o acusaciones en contra. Como padres indulgentes nos dicen, incluso, «sí, es verdad, pero recuerda que…» y cierran con el comodín de costumbre.

No tengo ninguna duda de que el enemigo es Maduro y cada uno de los miembros de su dictadura, pero tampoco tengo dudas de que el principal obstáculo en la lucha contra la dictadura chavista es la dirigencia opositora nucleada alrededor de la MUD/Frente Amplio. Lo que antes se llamaba «la oposición», para referirse a la dirigencia política que en el discurso público se enfrentaba a la del chavismo, hasta ahora ha funcionado como una bolsa de seguridad que suaviza el impacto en el cuerpo del Estado totalitario cada vez que la sociedad se ha unido para ponerle freno.

Lo sucedido ayer 20 de mayo de 2018, día del fraude electoral que Maduro inventó para reelegirse, permite ver el funcionamiento del mecanismo de contención. Lo principal en esta comparsa fue, por supuesto, encontrar a alguien dentro de las propias filas del chavismo que interpretara el papel de contrincante. El mismo que cumplió Francisco Arias Cárdenas en las elecciones presidenciales de 2000. El elegido fue Henri Falcón que, todo hay que decirlo, ha puesto la vara muy alta para quien quiera sucederlo en dicho rol. Falcón no solo llevó a cabo con genuino entusiasmo una campaña presidencial que sabía desde el principio falsa, que incluyó escenas como su propia versión del salto de charco a lo Carlos Andrés Pérez, cargar una enana y repartir pescado a manos llenas, sino que además ahora anuncia que va a impugnar los resultados de la farsa electoral para la que fue escogido.

El verdadero mérito de Falcón, sin embargo, no se limita a eso. Falcón ha logrado que la misma noche en que se consumó el fraude la dirigencia opositora y su corte de periodistas y analistas lo recibieran de nuevo con los brazos abiertos. La gente de Voluntad Popular, por ejemplo, o analistas como Luis Pedro España, Félix Seijas e, incluso, un periodista como Nelson Bocaranda, comenzaron de inmediato a hacer el trabajo de control de daños. Todo esto enmarcado en un llamado a la reconstrucción de una supuesta «unidad» que no es otra cosa que una especie de #MeToo electoral donde las víctimas hacen frente común ante aquel que una y otra vez ha abusado de ellos.

«El verdadero enemigo», como vemos, es una expresión que funciona en ambos sentidos. Es una máscara doble que protege tanto al «gobierno» como a la «oposición» de aquello que, en el fondo, más temen: un cambio drástico de este estado de cosas, de este drama que ya tiene veinte años desde que empezó. Un cambio que pasa tanto por una restitución de la democracia, con la respectiva expulsión del poder de los monstruos que hoy nos someten (en la esperanza de que sean juzgados por sus crímenes), como por la jubilación de esa clase política que contribuyó a crear a Hugo Chávez y que, en el fondo, permanece atada a su cadáver. Son como los hipnotizadores alrededor del cuerpo moribundo del señor Valdemar, en el cuento de Edgar Allan Poe. Dándole un interminable último aliento a un cadáver que también es el suyo, pues ¿qué sería de ellos si no existiera «el verdadero enemigo»?