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El Helicoide vuelve a ser noticia. El miércoles 16 de mayo de 2018, 54 presos políticos que allí están recluidos (de los más de 300 que hay en el país), iniciaron una protesta para denunciar las terribles condiciones de su confinamiento: presos con boleta de excarcelación que no han sido liberados, presos que permanecen en un limbo jurídico porque se los retiene sin siquiera llevarlos a juicio, presos que pasan hambre, presos que son golpeados y torturados de forma sistemática. Presos que, y esto es lo fundamental del asunto, no deberían estar presos.

El Helicoide vuelve a ser noticia y, como ha sucedido desde su planteamiento original, lo es a pesar suyo. Construido a finales de los años cincuenta como un innovador centro comercial cuyas obras nunca se concluyeron, desde entonces solo ha tenido dos usos: como refugio temporal de unos diez mil damnificados durante los años setenta y, desde 1985, como sede policial y cárcel. Así lo recapitulan Celeste Olalquiaga y Lisa Blackmore en el prólogo de su libro Downward Spiral. El Helicoide’s Descent from Mall to Prison (Urban Research, 2018), un volumen recopilatorio de diversos artículos, acompañado de un increíble registro fotográfico, de la historia de este incomprendido monstruo arquitectónico que en su forma inconclusa, en lo titánico de su diseño y en sus usos desplazados, tanto dice de los derroteros de la modernidad y de la democracia en Venezuela.

Este libro es una lectura urgente para los venezolanos y en especial para los dirigentes políticos que desde hace años están sentando las bases de lo que algunos, los más optimistas, ya perciben como la inevitable transición de la dictadura chavista hacia la reconstrucción de la democracia. Pienso, por ejemplo, en María Corina Machado, una lideresa de quien no pongo en duda su honestidad y su vocación de servicio al país, aunque lo improvisado y a veces apasionado de su discurso la lleve a hacer declaraciones muy cuestionables.

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María Corina Machado fue de las primeras en apostarse a las afueras del Helicoide para apoyar la protesta de los presos políticos y exigir su liberación. En unas declaraciones del 17 de mayo, transmitidas por la cadena NTN24, María Corina Machado se refiere al Helicoide como «este monumento a la tortura que, sépanlo bien, lo vamos a demoler». Lo dice con genuina indignación. Le tiembla un poco el labio inferior, parece contener el llanto e insiste: «Véanlo. Lo vamos a demoler. Y estoy hablando físicamente. Este monumento será derribado, como un reconocimiento a aquellos que aquí han estado presos y [a] cada uno de los venezolanos que la represión de este régimen le ha arrebatado la vida».

Las declaraciones son harto elocuentes de lo que ha sido la historia de El Helicoide: un portentoso recordatorio de nuestras babélicas aspiraciones y sobre todo de nuestros fracasos. Yo puedo entender que por la indignación del momento María Corina Machado haya hecho esas declaraciones sin pensarlas bien. Sin embargo, son peligrosas por lo que contienen y deben ser atajadas antes de que se transformen en actos que, sin darnos cuenta e incluso con las mejores intenciones, nos coloquen en el sendero de una nueva amnesia que a la larga conduzca a nuevas tiranías.

Lo primero que alarma de esas declaraciones es el hecho de que María Corina Machado haya decidido, a título personal, que El Helicoide debe ser destruido. ¿A quién consultó para afirmar eso? ¿Está al tanto Machado del valor arquitectónico de El Helicoide? ¿Sabe todo lo que perdería la ciudad con su demolición? No lo sabe, como lo ignoran la mayoría de los venezolanos que, por una u otra razón, deben pasar por Roca Tarpeya y contemplar esa estructura que remata, como una hermosa concha marina o como una cagada de perro, aquella colina de detritus donde se ubica.

Sin embargo, lo que más alarma de su declaración es el contrasentido de llamar a El Helicoide un «monumento a la tortura» para luego exigir su demolición. Si es un monumento, ¿no debería ser conservado? ¿Cómo puede ser un reconocimiento a los presos políticos que allí han sido torturados que se destruya el escenario de tantos dolores y tantas injusticias? ¿Qué sería, por ejemplo, nuestra memoria colectiva del holocausto alemán si Auschwitz y sus campos y sus barracas hubieran sido demolidos?

Creo, al contrario, que si en el contexto de una nueva reconstrucción del país y sus instituciones debiéramos plantearnos (también de nuevo) la pregunta de qué hacer con El Helicoide, puestos en la disyuntiva de demolerlo o conservarlo, sin duda apostaría por lo segundo. Treinta años como sede policial y cárcel y, ahora, calabozo de torturas, es verdad, lo inhabilitan para usos recreativos. Pero, ¿no sería más bien la ocasión de construir allí un museo que nos permita a los venezolanos ver la historia de los abusos cometidos por las dictaduras del siglo XX y esta del XXI? ¿No se hubiera podido enseñar mejor a los estudiantes de los colegios el horror del gomecismo si todavía existiera La Rotunda? ¿No habríamos conjurado la posibilidad de que todavía hoy exista gente que defienda el régimen de Marcos Pérez Jiménez si existiera un lugar que les explicara a los niños, jóvenes y adultos, quién fue Pedro Estrada, qué fue la SN, o en qué consistía la tortura del cilindro?

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El estudiante Gregory Sanabria, después de ser torturado en El Helicoide

Sé que esta propuesta está cargada también de las emociones de la coyuntura. A El Helicoide, como un tótem, le endilgamos en algún momento todos nuestros anhelos y, desde hace décadas, todas nuestras frustraciones. Es doloroso y angustiante ver en vivo y en directo, gracias a los recursos audiovisuales de esta época, los vejámenes que sufren nuestros presos políticos. Pero también es enaltecedor ser testigo de la valentía con la que Daniel Ceballos, Lorent Saleh, el general Vivas o el estudiante Gregory Sanabria, junto a todos nuestros presos políticos, están dando la batalla por la libertad y la dignidad que nos fueron arrebatadas.

Sería una lástima regresar a Caracas y, en un futuro, no poder mostrarle a mis hijos que El Helicoide existe. No tener ese escenario privilegiado para que puedan ver con sus propios ojos la historia de los delirios, los horrores y las esperanzas de un país llamado Venezuela.